Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Las religiones se han apoderado de la disposición metafísica del hombre, por un lado, entumeciéndola a través de una temprana inculcación de sus dogmas y, por otro, impidiendo y prohibiendo toda manifestación libre e imparcial de aquella; de modo que al hombre se le prohíbe directamente y se le impide indirectamente la libre investigación sobre los asuntos más importante e interesantes, sobre su existencia misma, a la vez que se le hace subjetivamente imposible debido a aquel entumecimiento; y de ese modo queda encadenada la más sublime de sus disposiciones.
Para hacernos tolerantes frente a las opiniones ajenas contrarias a las nuestras, así como pacientes en las disputas, quizás no haya nada tan eficaz como recordar con cuánta frecuencia nosotros mismos hemos abrigado de forma sucesiva opiniones totalmente opuestas sobre el mismo objeto, y como a veces incluso en muy breve tiempo las hemos cambiado repetidamente, rechazando y volviendo a aceptar, ahora una opinión, ahora su contraria, según el objeto se nos presentara a esta o aquella luz.
Del mismo modo, para dar entrada a nuestro desacuerdo con la opinión de otro nada es más apropiado que decir: «Lo mismo pensaba yo antes; pero…».
