Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Después de mi escrito de concurso sobre la libertad moral, a ningún hombre que piense le puede caber duda de que esta no se puede buscar en modo alguno en la naturaleza sino solamente fuera de ella. Es algo metafísico, pero imposible en el mundo físico. En consecuencia, nuestros actos individuales no son en absoluto libres; en cambio, el carácter individual de cada uno ha de verse como su acto libre. Él mismo es tal porque quiere serlo de una vez por todas. Pues la voluntad en sí misma, también en la medida en que se manifiesta en un individuo y constituye así su ser originario y fundamental, es independiente de todo conocimiento, porque lo precede. Ella no recibe de él más que los motivos en los que sucesivamente despliega su esencia y se da a conocer o aparece en la visibilidad: pero ella misma, en cuanto fuera del tiempo, es inalterable mientras existe. De ahí que cada cual, tal y como es una vez, y en las circunstancias de cada momento —que por su parte se producen con estricta necesidad— no pueda nunca actuar de otra forma que como precisamente actúa en cada ocasión. Por consiguiente, todo el curso empírico de la vida de un hombre está predeterminado en todos sus acontecimientos a pequeña y gran escala de forma tan necesaria como el de un reloj. Esto se debe en el fondo a que el mencionado acto metafísico libre entra en la conciencia cognoscente como una intuición que tiene por forma el tiempo y el espacio, forma a través de la cual la unidad e indivisibilidad de aquel acto se presenta distendido en una serie de estados y acontecimientos que aparecen al hilo del principio de razón en sus cuatro formas —y precisamente eso se llama necesario—. Pero el resultado es moral, a saber: que en lo que hacemos conocemos lo que somos; como también en lo que sufrimos conocemos lo que merecemos.
