Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II El derecho en sí mismo es impotente: por naturaleza impera la fuerza. Atraerla hacia el derecho, de manera que este impere por medio de la fuerza, constituye el problema de la política, y es bien difícil. Uno lo reconocerá si tiene en cuenta el ilimitado egoísmo que anida en casi todos los corazones humanos, al que la mayoría de las veces se une un acopio de odio y maldad, de forma que originariamente el νεΐκος sobrepasa ampliamente a la φιλία[258]; y a esto se añade que son muchos millones los hombres de tal índole a los que se debe mantener dentro de los límites del orden, la paz, el sosiego y la legalidad, cuando sin embargo todos tienen derecho a decir a todos: «¡Yo soy igual que tú!». Considerando esto, hay que asombrarse de que en conjunto en el mundo haya tanta tranquilidad y paz, legalidad y orden como vemos, lo cual solo puede lograrlo la maquinaria estatal. — Pues solamente la fuerza física puede actuar de forma inmediata, ya que solo a ella tienen receptividad y respeto los hombres tal y como de ordinario son. Si a fin de convencernos de esto por experiencia quisiéramos suprimir una vez toda coacción y presentarles de la forma más clara y apremiante únicamente la razón, el derecho y la equidad, pero en contra de sus intereses, entonces la impotencia de las fuerzas meramente morales se haría patente en que la mayoría de las veces no recibiríamos más que una risa burlona como respuesta. Así pues, solo la fuerza física es capaz de lograr respeto. Mas esa fuerza se encuentra originalmente en la masa, en la que va acompañada de ignorancia, estupidez e injusticia. Por consiguiente, la tarea de la política en esas difíciles circunstancias está ante todo en someter la fuerza física a la inteligencia, a la superioridad intelectual, y ponerla a su servicio. Sin embargo, si eso mismo no va aparejado con la justicia y las buenas intenciones, en caso de que se tenga éxito el resultado es que el Estado así constituido está formado por timadores y timados. Pero gracias a los progresos en la inteligencia de la masa eso se va descubriendo poco a poco, por mucho que se intente ocultarlo, y conduce a una revolución. En cambio, cuando a la inteligencia acompañan la justicia y la buena intención, se da un Estado perfecto en la medida de las cosas humanas en general. Para ello es muy útil que la justicia y la buena intención no solo existan sino sean también demostrables y se hagan presentes abiertamente, sometiéndose por tanto al examen y control públicos; sin embargo, aquí hay que evitar que la intervención de varias partes que así se produce dé lugar a que el punto de unión del poder de todo el Estado, con el cual ha de actuar hacia el interior y el exterior, pierda concentración y fuerza; esto último es lo que ocurre casi siempre en las repúblicas. Según ello, satisfacer todos esos requisitos mediante la forma del Estado sería la tarea suprema de la política: pero en la realidad esta ha de tomar también en consideración al pueblo concreto con sus peculiaridades nacionales, en cuanto el material bruto cuya índole ha de tener siempre un gran influjo en la perfección de la obra.
