Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II En todos los lugares y épocas ha habido gran descontento con los gobiernos, las leyes y las instituciones públicas; en gran parte, simplemente porque siempre se está dispuesto a achacarles a ellos la miseria que va inseparablemente unida a la misma existencia humana y que es, hablando en lenguaje mítico, la maldición que recibió Adán y con él toda su estirpe. Sin embargo, nadie ha planteado aquel falso pretexto con tanta mentira y descaro como los demagogos de la «actualidad[270]». En efecto, en cuanto enemigos del cristianismo son optimistas: el mundo es para ellos «fin en sí mismo» y de ahí que en sí mismo, es decir, en su condición natural, haya sido constituido con toda excelencia y sea la sede de la felicidad. Los colosales males del mundo que claman contra eso se los atribuyen en su totalidad a los gobiernos: si estos cumplieran con su deber, existiría el Cielo en la Tierra, es decir, todos podrían devorar, empinar el codo, propagarse y estirar la pata sin esfuerzo ni necesidad: pues esa es la paráfrasis de su «fin en sí mismo» y la meta del «progreso infinito de la humanidad» que anuncian infatigables en frases pomposas.
