Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 132

El judío errante Ahasvero[277] no es más que la personificación de todo el pueblo judío. Puesto que ha cometido un delito contra el Salvador y el Redentor del mundo, no debe liberarse nunca de la vida terrena y su carga, y ha de vagar errante en tierra ajena. Ese es justamente el delito y el destino del pequeño pueblo judío, que de forma realmente asombrosa, desterrado desde hace dos mil años de su morada, todavía subsiste y vaga errante; cuando tantos pueblos grandes y gloriosos junto a los cuales ni siquiera se ha de nombrar esa nación marginal: asirios, medos, persas, fenicios, egipcios, etruscos, etc., cayeron en el eterno descanso y han desaparecido por completo. Y así aún hoy esa gens extorris[278], ese Juan sin Tierra de los pueblos, se puede encontrar en todo el orbe terrestre; en ninguna parte en su casa y en ninguna parte extranjeros, afirman su nacionalidad con obstinación sin igual; y hasta puede que pensando en Abraham, que vivió como extranjero en Canaán pero poco a poco se convirtió en señor de todo el país, tal y como su dios se lo había prometido (1 Moisés 17, 8), también quieran tocar tierra y echar raíces en algún lugar a fin de volver a conseguir una tierra, sin la cual un pueblo es un globo en el aire[279]. — Hasta entonces viven como parásitos de los demás pueblos y de su suelo, pero no están menos animados del más ardiente patriotismo por su propia nación, que ellos ponen de manifiesto en la más firme unión en la que están todos para uno y uno para todos; de modo que ese patriotismo sine patria produce mayor entusiasmo que ningún otro. La patria del judío son los otros judíos: por eso lucha por ellos como pro ara et focis[280], y ninguna comunidad en la Tierra se mantiene tan unida como esta. De ahí se infiere lo absurdo de pretender otorgarles participación en el gobierno o la administración de algún Estado. Su religión está originalmente fundida con su Estado y se identifica con él, no siendo en modo alguno la cuestión principal sino más bien el simple vínculo que los mantiene unidos, el point de ralliement[281] y el estandarte por el que se conocen. Esto se muestra también en que ni siquiera el judío bautizado atrae el odio y el rechazo de los demás, como en los demás casos les ocurre a todos los apóstatas, sino que no deja de ser amigo y compañero suyo —exceptuando a algunos ortodoxos— y de considerarlos sus verdaderos compatriotas. E incluso cuando se celebran las regulares plegarias festivas de los judíos, en las que tienen que reunirse diez, si falta uno entra en su lugar un judío bautizado, pero ningún otro cristiano. Lo mismo ocurre con todas las demás actividades religiosas. El asunto se pondría de relieve de forma aún más clara si alguna vez el cristianismo se derrumbase totalmente y desapareciera; porque entonces los judíos no dejarían por ello de distinguirse como judíos y mantenerse agrupados. En consecuencia, es sumamente superficial y falso considerar a los judíos una simple secta religiosa: aunque para fomentar ese error el judaismo se caracterice como «confesión judía», con una expresión tomada de la Iglesia cristiana, se trata de una expresión radicalmente falsa, calculada con intención para inducir a error y que no debe en absoluto ser permitida. La expresión correcta es, más bien, «nación judía». Los judíos no tienen ninguna confesión: el monoteísmo pertenece a su nacionalidad y su constitución estatal y para ellos es algo que va de suyo. De hecho, el monoteísmo y el judaismo son, bien entendidos, conceptos intercambiables. — El que los conocidos defectos unidos al carácter nacional de los judíos —el más destacado de los cuales es la ausencia de todo aquello que expresa la palabra verecundia[282], si bien se trata de un defecto que quizás ayude más en este mundo que cualquier cualidad positiva—; el que, como digo, esos defectos se tengan que atribuir a la larga e injusta opresión que han sufrido, los disculpa pero no los suprime. He de elogiar plenamente al judío racional que, abandonando todas las fábulas, patrañas y prejuicios, sale con el bautismo de una congregación que no le ofrece honor ni ventajas (si bien en casos excepcionales se presentan estas últimas), aun cuando no se tome muy en serio la fe cristiana: ¿pues se la toman así todos los jóvenes cristianos que recitan su Credo en la Confirmación? No obstante, el mejor medio para ahorrarle también ese paso y terminar de la forma más liviana con el mundo del desorden tragicómico consiste en permitir e incluso fomentar el matrimonio entre judíos y cristianos; la Iglesia no tiene nada que objetar contra ellos, ya que tiene a su favor incluso la autoridad del apóstol (I Corintios 7, 12-16). Entonces en cien años habrá muy pocos judíos y poco después el fantasma será totalmente conjurado, Ahasvero estará enterrado y el pueblo elegido no sabrá él mismo dónde se ha quedado. Mas ese resultado deseable se frustrará si se impulsa la emancipación de los judíos hasta el punto de que consigan derechos públicos, es decir, participación en la administración y el gobierno de los países cristianos. Pues entonces serían y seguirían siendo judíos con amore. Que disfruten de los mismos derechos civiles que los demás lo exige la justicia: pero concederles participación en el Estado es absurdo: son y siguen siendo un pueblo extranjero, oriental, y han de pasar siempre por meros extranjeros residentes. Cuando, hace unos veinticinco años, se debatió en el Parlamento inglés la emancipación de los judíos, uno de los oradores planteó el siguiente caso hipotético: un judío inglés llega a Lisboa, donde encuentra dos hombres en estado de extrema necesidad y tribulación, pero de tal suerte que solo está en su poder salvar a uno de ellos. Personalmente ambos le son ajenos. Uno es inglés, pero cristiano; el otro, portugués, pero judío. ¿A quién salvará? — Creo que ningún cristiano razonable y ningún judío sincero dudarán de la respuesta. Pero ella proporciona el criterio de los derechos que hay que conceder a los judíos.


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