Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Si ahora, en oposición a ese modo de consideración dirigido hacia dentro, volvemos a mirar hacia fuera y concebimos de forma totalmente objetiva el mundo que se nos presenta, la muerte nos aparece, desde luego, como un tránsito a la nada; y el nacimiento, en cambio, como un surgir de la nada. Sin embargo, ni lo uno ni lo otro pueden ser incondicionalmente verdaderos, ya que solo poseen la realidad del fenómeno. Además, el que hubiéramos de sobrevivir a la muerte en algún sentido no es un milagro mayor que la procreación que a diario tenemos ante los ojos. Lo que muere va al lugar de donde procede toda vida, también la suya. En este sentido, los egipcios han llamado al Horco Amenthes que, según Plutarco (Deis, et Osir. c. 29), significa b λαμβάνων καί δι’δους, «el que quita y da», a fin de expresar que él es la misma fuente a la que todo retorna y de la que todo procede. Desde este punto de vista, nuestra vida se podría considerar un préstamo recibido de la muerte: el sueño sería entonces el interés diario de ese préstamo. La muerte se manifiesta abiertamente como el fin del individuo, pero en ese individuo se encuentra el germen de un nuevo ser. Por consiguiente, de todo lo que ahí muere nada muere para siempre; pero tampoco nada de lo que nace recibe un ser radicalmente nuevo. Lo que muere se extingue: pero queda un germen del que nace un nuevo ser que entra entonces en la existencia sin saber de dónde viene ni por qué es precisamente como es. Ese es el misterio de la palingenesia, del que el capítulo cuarenta y uno del segundo volumen de mi obra principal puede considerarse una ilustración. Según esto, salta a la vista que todos los seres que viven en este instante contienen el verdadero germen de todos los que llegarán a vivir en el futuro, así que estos existen ya en cierta medida. Igualmente, todos los animales que están en plena flor de la existencia parecen gritarnos: «¿Por qué te lamentas de la caducidad de la vida? ¿Cómo podría yo existir si no hubieran muerto todos los de mi especie que me precedieron?». — En consecuencia, por mucho que cambien las obras y las máscaras en el escenario del mundo, los actores siguen siendo los mismos en todas. Estamos sentados juntos, hablamos y nos acaloramos, los ojos se iluminan y las voces se hacen más sonoras: exactamente igual se han sentado otros hace mil años: era lo mismo y eran los mismos: exactamente así será dentro de otros mil. El mecanismo por el que no nos damos cuenta de ello es el tiempo.
