Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Por muy asombroso y delicado que sea el imperio de lo físico en la procreación y la muerte, así como en la patente composición de voluntad e intelecto en los individuos y en la posterior disolución de los mismos, el elemento metafísico en el que se basa es de una naturaleza tan heterogénea que no queda afectado por él y podemos estar confiados.

En consecuencia, podemos considerar a cada hombre desde dos puntos de vista contrapuestos: desde uno de ellos, es el individuo que comienza y termina en el tiempo y se precipita fugazmente, σκιάς ôvocp[289], pero además seriamente afectado de defectos y dolores; — desde el otro, es el indestructible ser originario que se objetiva en todo lo existente y, en cuanto tal, puede decir lo que la imagen de Isis en Sais: εγω ειμι παν το γεγονος, και ον, και έσόμενον[290]. — Desde luego, un ser así podría hacer algo mejor que presentarse en un mundo como este. Pues es el mundo de la finitud, del sufrimiento y de la muerte. Lo que existe en él y viene de él tiene que terminar y morir. Pero lo que no procede ni quiere proceder de él lo cruza con omnipotencia, como un rayo que se alza hacia arriba, y no conoce tiempo ni muerte. — Conciliar todas esas oposiciones es propiamente el tema de la filosofía[291].

§ 141

Breve divertimento conclusivo en forma de diálogo


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