Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 26

La controversia, el disputar sobre un objeto teórico, puede sin duda resultar muy fructífero para las dos partes implicadas, ya que corrige o confirma los pensamientos que poseen y además suscita otros nuevos. Se trata de una fricción o de una colisión de dos mentes que con frecuencia produce chispas; pero también se asemeja a la colisión de los cuerpos en que a menudo el más débil ha de sufrir con ella, mientras que el más fuerte se encuentra a sus anchas y solamente deja oír un tono de victoria. En consideración a esto se requiere que ambos disputantes estén de alguna manera a la misma altura, tanto en conocimientos como en inteligencia y habilidad. Si uno de ellos carece de los primeros, no está au niveau, y por ello no resulta accesible a los argumentos del otro: está, por así decirlo, fuera de la medida del duelo. Si le falta la segunda, la exasperación que por ello se despertará pronto en él le conducirá poco a poco a toda clase de fraudulencias, subterfugios y enredos en la disputa, y si estos le son puestos en evidencia, a la grosería. En consecuencia, así como en los torneos solo se admitía a los de igual condición, lo primero es que ningún hombre culto dispute con incultos: pues no puede utilizar contra ellos sus mejores argumentos, ya que les faltan los conocimientos para comprenderlos y examinarlos. Si en ese trance intenta hacérselos comprender, la mayoría de las veces fracasará. E incluso en ocasiones ellos, mediante un contra-argumento malo y burdo, parecerán tener razón a los ojos de oyentes igual de ignorantes. Por eso dice Goethe:


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