Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Hasta donde yo alcanzo a ver, las religiones monoteístas, es decir, judías, son las únicas cuyos fieles consideran el suicidio un crimen. Esto es tanto más chocante por cuanto ni en el Antiguo ni en el Nuevo Testamento se puede encontrar una prohibición o ni siquiera una clara reprobación del mismo; de ahí que los maestros de la religión hayan tenido que apoyar su prohibición del suicidio en sus propias razones filosóficas, con las que la cosa va tan mal que intentan suplir la fuerza que falta a los argumentos con la fuerza de su expresión de repulsa, es decir, con increpaciones. Entonces tenemos que oír que el suicidio es la mayor de las cobardías, que solo es posible en la locura, y otras insulseces semejantes, o también la frase totalmente absurda de que el suicidio es «injusto»; cuando está claro que a nada en el mundo tiene cada cual un derecho tan indiscutible como a su propia persona y vida. (Véase § 121.) Incluso, como se ha dicho, el suicidio se cuenta entre los crímenes; y a eso se une, sobre todo en la zafia y beata Inglaterra, un entierro deshonroso y el embargo del legado — por eso casi siempre el jurado da un veredicto de locura. Dejemos decidir ante todo al sentimiento moral y comparemos la impresión que nos causa la noticia de que un conocido ha cometido un crimen, es decir, un asesinato, un acto de crueldad, una estafa o un robo, con la noticia de su muerte voluntaria. Mientras que la primera suscita una viva indignación, una enorme cólera, un llamamiento a la condena o a la venganza, la última provocará tristeza y compasión, con las que más a menudo podrá mezclarse una cierta admiración de su valor que la reprobación moral que acompaña a una mala acción. ¿Quién no ha tenido conocidos, amigos o parientes que se han despedido voluntariamente del mundo? — ¿Y todos han de pensar en ellos con horror, como en criminales? Nego ac pernego Antes bien, opino que alguna vez se debería exigir al clero que diera cuenta de con qué derecho, sin poder alegar ninguna autoridad bíblica ni tan siquiera poseer algún argumento filosófico de peso, desde el pulpito y por escrito tacha de crimen una acción que han cometido muchos hombres respetados y amados por nosotros, y niega un entierro honroso a los que se van voluntariamente del mundo; con ello se constataría que se exigen razones y no se aceptan a cambio palabras vacías o injurias. — Que la justicia criminal prohíba el suicidio no es una razón válida para la Iglesia, además de ser claramente ridículo: ¿pues qué pena puede intimidar al que busca la muerte? — Si se castiga el intento de suicidio, es el desacierto por el que se fracasó lo que se castiga.
