Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Pero todavía es peor cuando al oponente le faltan inteligencia y entendimiento, por mucho que supla esa carencia con una sincera aspiración a la verdad y la instrucción. Pues, además, pronto se siente herido en su punto más sensible, con lo que quien discuta con él enseguida se percatará de que no es ya con su intelecto con lo que se las ve, sino con la parte radical del hombre, a la que solo le importa mantener la victoria, sea per fas o per nefas[47]; por eso, su entendimiento no está entonces dirigido a nada más que a tretas, artificios y fraudes de todo tipo, una vez expulsado de los cuales recurrirá a la grosería simplemente para compensar de una u otra manera la inferioridad que siente y, según la situación y circunstancias de los disputantes, convertir la lucha de inteligencias en una lucha de cuerpos en la que ha de esperar mejores oportunidades para sí. Por consiguiente, la segunda regla es no disputar con hombres de entendimiento limitado. Ya se alcanza a ver que no quedarán muchos con los que uno pueda entrar en controversia. Y, verdaderamente, esto debería hacerse solamente con aquellos que son ya una excepción. En cambio, la gente tal y como es se suele tomar a mal que no se comparta su opinión: pero entonces debería fundar sus opiniones de tal modo que uno pudiera adherirse a ellas. En una controversia con ellos, aun cuando no se aferren a la ultima ratio stultorum[48] antes mencionada, uno no experimentará la mayoría de las veces más que fastidio; porque aquí no nos las veremos solo con su incapacidad intelectual, sino pronto también con su maldad moral. Esta, en efecto, se pondrá de manifiesto en la frecuente improbidad de su proceder en la disputa. Las argucias, artimañas y embrollos a los que se aferra simplemente para tener razón son tan numerosos y variados, pero también tan regularmente recurrentes, que en años pasados se convirtieron para mí en una materia propia de reflexión que se orientó hacia lo puramente formal, una vez que hube conocido que, por muy distintos que pudieran ser tanto los temas de discusión como las personas, las argucias y las tretas siempre se repetían y eran muy fáciles de reconocer. Eso me llevó a la idea de separar netamente la mera forma de tales argucias y tretas de su materia, y exhibir algo así como un exacto preparado anatómico. Así pues, reuní todos los artificios fraudulentos que tan a menudo aparecen en las disputas y expuse claramente cada uno de ellos en su esencia peculiar, ilustrándolos con ejemplos y dando a cada uno un nombre; finalmente, añadí los medios que aplicar contra ellos, algo así como las defensas para esas tretas; de ahí nació una dialéctica erística formal. En ella los artificios o estratagemas que acabamos de elogiar asumieron, en cuanto figuras erístico-dialécticas, el lugar que en la lógica ocupan las figuras silogísticas, y en la retórica, las figuras retóricas; con ambas tienen en común el ser en cierta medida innatas por cuanto su praxis precede a la teoría, así que para ejercitarlas no se necesita haberlas aprendido primero. Su establecimiento puramente formal sería entonces un complemento de aquella técnica de la razón que, compuesta por la lógica, la retórica y la dialéctica, se ha expuesto en el segundo volumen de mi obra principal, capítulo 9. Dado que, hasta donde yo sé, no existe ningún otro intento de esa clase, no pude servirme ahí de ningún trabajo previo: solamente he hecho algún uso aislado de los Tópicos de Aristóteles y he podido utilizar para mis fines algunas de sus reglas para construir 28 (κατασκευάζειν) y destruir (ανασκευάζειν) las afirmaciones. Plenamente conforme con esto tuvo que ser el escrito de Teofrasto, mencionado por Diógenes Laercio, ’Αγωνιστικόν τής περ'ι τους εριστικούς λο'γους θεωρίας[49], que se ha perdido junto con todos sus escritos de retórica. También Platón (De rep. [itblica] Y, p. 12 Bip[50].) menciona una άντιλογική τέχνη que enseñaba el έριζειν, al igual que la διαλεκτική enseñaba el διαλέγεσθαι[51]. De entre los libros modernos, el que más se aproxima a mi objetivo es el Tractatus logicus singularis, in quo processus disputandi, seu officia, aeque ac vitia disputantium exhibentur[52], Halle, 1718, del que fuera profesor de Halle, Friedemann Schneider; pues, en efecto, en los capítulos sobre los vitia pone al descubierto toda clase de fraudes erísticos. No obstante, él tiene siempre a la vista únicamente las disputaciones académicas formales: además, su tratamiento del tema es en conjunto lánguido y pobre, como suelen ser tales mercancías de Facultades, además de estar escrito en un latín notablemente malo. El Methodus disputandi de Joachim Lange, aparecido un año después, es manifiestamente mejor pero no contiene nada para mis propósitos. — Sin embargo, en la revisión ahora acometida de aquel trabajo mío anterior, encuentro que no es ya acorde a mi estado de ánimo hacer un examen detallado y minucioso de los rodeos y artificios de los que se sirve la común naturaleza humana para ocultar sus carencias, así que me lo ahorro. Con todo, a fin de especificar más de cerca mi manera de tratar el asunto para aquellos que en el futuro estuvieran dispuestos a emprender algo del estilo, quisiera traer aquí a colación como pruebas algunas de tales estratagemas, pero antes, partiendo de aquel trabajo, exponer el esbozo de la esencia de toda disputa; porque este ofrece la estructura fundamental, algo así como el esqueleto de la controversia en general, por lo que puede ser válido como una osteología de la misma y, debido a su carácter abarcable y su claridad, bien merece aparecer aquí. Reza así: