Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Mi ética es a todas las de la filosofía europea lo que el Nuevo Testamento al Antiguo, de acuerdo con la concepción que de esa relación tiene la Iglesia. En efecto, el Antiguo Testamento coloca a los hombres bajo el imperio de la ley, lo cual, sin embargo, no conduce a la salvación. El Nuevo Testamento, en cambio, considera la ley insuficiente y hasta exonera de ella (por ejemplo, Romanos 7, Gálatas 2 y 3). Frente a ello predica el reino de la gracia al que se llega mediante la fe, el amor al prójimo y la completa negación de sí mismo: este es el camino para salvarse del mal y del mundo. Pues a pesar de todas las tergiversaciones protestante-racionalistas, el espíritu ascético es verdaderamente el alma del Nuevo Testamento. Mas ese espíritu consiste precisamente en la negación de la voluntad de vivir; y aquel tránsito del Antiguo al Nuevo Testamento, del imperio de la ley al imperio de la fe, de la justificación por las obras a la salvación a través del Mediador, del dominio del pecado y la muerte a la vida eterna en Cristo, significa sensu proprio el tránsito de las virtudes meramente morales a la negación de la voluntad de vivir. — En el espíritu del Antiguo Testamento se han mantenido todas las éticas filosóficas que me han precedido, con su absoluta (es decir, carente tanto de fundamento como de fin) ley moral con todos sus mandatos y prohibiciones morales, a los que se les añade mentalmente el Jehová que los decreta; lo cual es común a todas, por diferentes que resulten las formas y presentaciones del asunto. Mi ética, en cambio, tiene fundamento, propósito y fin: primero, demuestra teóricamente el fundamento metafísico de la justicia y la caridad y, luego, indica el objetivo al que estas han de conducir finalmente si se logran por completo. Al mismo tiempo, admite con franqueza el carácter reprobable del mundo y señala la negación de la voluntad como el camino para salvarse de él. Según ello, está realmente en el espíritu del Nuevo Testamento, mientras que las demás en su totalidad se hallan en el del Antiguo y, en consecuencia, terminan también desde el punto de vista teórico en un mero judaismo (puro teísmo despótico). En este sentido se podría llamar a mi teoría la verdadera filosofía cristiana, por muy paradójico que esto pueda parecer a quienes no llegan al núcleo de la cuestión sino que se quedan en la superficie.
