Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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Quisiera inferir que nuestros Evangelios se basan en un original, o al menos en un fragmento del tiempo y entorno de Jesús, precisamente a partir de la escandalosa profecía del fin del mundo y la gloriosa venida del Señor sobre las nubes, que debe tener lugar aún en vida de algunos que estaban presentes cuando se hizo la promesa. El hecho de que esa promesa no se cumpliera es una circunstancia sumamente enojosa que no solo escandalizó en épocas ulteriores sino que ya puso a Pablo y a Pedro en unos apuros que se exponen detalladamente en el recomendable libro de Reimarus De los fines de Jesús y sus discípulos, §§ 42-44. Si los Evangelios se hubieran redactado unos cien años después sin que hubiera documentos contemporáneos, se habría tenido buen cuidado de no introducir semejantes profecías cuyo escandaloso incumplimiento era patente ya entonces. Como tampoco se habrían incluido en los Evangelios todos aquellos pasajes a partir de los que Reimarus construye con gran ingenio lo que llama «el primer sistema de los discípulos» —según el cual para ellos Jesús no era más que un liberador mundano de los judíos— a no ser que los redactores de los Evangelios hubieran trabajado sobre la base de documentos contemporáneos que contenían tales pasajes. Pues incluso una tradición meramente oral entre los creyentes habría dejado caer cosas que importunaban el dogma. Dicho sea de paso, Reimarus ha pasado por alto de forma incomprensible el pasaje más favorable a su hipótesis: Juan 11, 48 (comparable con 1, 50 y 6, 15); como también Mateo 27, vv. 28-30, Lucas 23, vv. 1-4, v. 37 y v. 38, y Juan 19, vv. 19-22. Pero si se quisiera hacer valer en serio esa hipótesis y desarrollarla, se tendría que suponer que el contenido religioso y moral del cristianismo fue compuesto por judíos alejandrinos expertos en los dogmas hindúes y budistas, y que luego un héroe político con su triste destino se convirtió en el punto de contacto de los mismos, al transformar el original Mesías terreno en uno celeste. Por supuesto, eso tiene mucho en su contra. No obstante, el principio mítico establecido por Strauß para explicar la historia evangélica es con certeza el correcto, al menos en relación con los detalles de esta: y será difícil decidir hasta dónde alcanza. Qué sea eso de lo mítico se ha de explicar con ejemplos más cercanos y menos arriesgados. Así, por ejemplo, en toda la Edad Media, tanto en Francia como en Inglaterra, el rey Arturo es una persona bien determinada, muy célebre, admirable, que aparece siempre con el mismo carácter y con el mismo séquito; y junto con su tabla redonda, sus caballeros, sus inauditas hazañas, su asombroso senescal[410], su infiel esposa, así como su Lancelot del Lago, etc., constituye el tema permanente de los poetas y novelistas de muchos siglos, que en su totalidad nos presentan a las mismas personas con los mismos caracteres, también concuerdan bastante en los acontecimientos y solo discrepan marcadamente en los trajes y las costumbres, en concreto, según la medida de sus respectivas épocas. Hace algunos años el Ministerio francés envió al señor De la Villemarqué a Inglaterra para investigar el origen del mito de aquel rey Arturo. En relación con su base fáctica el resultado ha sido que a comienzos del siglo VI, en Gales, había vivido un jefecillo de nombre Arturo que luchó infatigablemente contra los invasores sajones y cuyas irrelevantes acciones, sin embargo, se han olvidado. Así que de él nació, sabe Dios por qué, un personaje tan esplendoroso, celebrado durante muchos siglos en innumerables cantos, romances y novelas. Véase Contes populaires des anciens Bretons, avec un essay sur l’origine des épopées sur la table ronde, par Th. de la Villemarqué. 2 Vol. 1842, así como The life of king Arthur, from ancient historians and authentic documents by Ritson, 1825, donde aparece como una lejana e indefinida figura nebulosa, aunque no carente de contenido real. — Casi lo mismo ocurre con Rolando, que es el héroe de toda la Edad Media y es celebrado en innumerables cantos, historias y novelas épicas, e incluso en la estatua de Rolando, hasta que al final dio materia a Ariosto y resurgió transfigurado: la historia le menciona una sola vez, de forma ocasional y con tres palabras; en concreto, cuando Eginhardo lo enumera entre los tres notables que quedaron en Roncesvalles (Roncevaux) como Hroudlandus Britannici limitis praefectus[411]; y eso es todo lo que sabemos de él, al igual que todo lo que en realidad sabemos de Jesucristo es el pasaje de Tácito (Annal. L. XV, c. 44)[412]. Otro ejemplo lo ofrece el mundialmente conocido Cid de los españoles, al que enaltecen leyendas y crónicas, pero ante todo los cantos populares contenidos en el famoso y bello Romancero y finalmente también la mejor de las tragedias de Corneille; todos ellos coinciden bastante en los acontecimientos principales, en concreto por lo que a limeña se refiere; sin embargo, los escasos datos históricos sobre él no muestran más que a un valiente caballero y destacado general, pero de carácter muy cruel y traicionero, incluso venal, que unas veces sirve a esta facción y otras a aquella, pero más a menudo a los sarracenos que a los cristianos; casi como un condottiere[413] pero casado con una Jimena. Más detalles sobre esto se pueden ver en las Recherches sur l’histoire de l’Espagne par Dozy, 1849, vol. l, que parecen haber llegado por primera vez a las fuentes correctas. — ¿Cuál puede ser el fundamento histórico de La litada? — De hecho, para acercarnos al asunto pensemos en la historieta de la manzana de Newton, cuya falta de fundamento he demostrado ya en el § 86, y que sin embargo ha sido repetida en miles de libros; y ni siquiera Euler ha dejado de colorearla con amore en el primer volumen de sus Cartas a la princesa. — Si todas las historias hubieran de tener mucha importancia, nuestro género no sería tan mentiroso como desgraciadamente es.


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