Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 28

Lo poco apropiado que es por lo regular el entendimiento humano para la reflexión filosófica se muestra, entre otras cosas, en que también ahora, después de todo lo que se ha dicho al respecto desde Descartes, el realismo se sigue enfrentando confiadamente al idealismo con la ingenua afirmación de que los cuerpos no existen en cuanto tales solamente en nuestra representación, sino también real y verdaderamente. Mas precisamente esa realidad misma, ese modo y manera de la existencia junto con todo lo que esta contiene, es aquello de lo que afirmamos que solo existe en la representación y de ningún modo se puede encontrar fuera de ella; porque no es más que un cierto orden necesario del enlace de nuestras representaciones. Pese a todo lo que enseñaron anteriores idealistas, sobre todo Berkeley, solo con Kant se alcanzó una convicción bien fundada al respecto; porque él no despacha el asunto de un golpe sino que entra en detalles, separa lo apriórico y tiene siempre en cuenta el elemento empírico. Pero a quien ha llegado a comprender la idealidad del mundo, la afirmación de que este existiría aun cuando nadie lo representase le parecería realmente absurda, ya que enuncia una contradicción: pues su existir no consiste precisamente más que en su ser representado. Su existencia misma se encuentra en la representación del sujeto. Justamente eso quiere decir la expresión: es objeto[65]. Conforme a ello, también las religiones más nobles, más antiguas y mejores de la Tierra, es decir, el brahmanismo y el budismo, basan sus doctrinas en el idealismo y, por tanto, exigen incluso al pueblo que lo reconozca. En cambio, el judaismo es una auténtica concentración y consolidación del realismo. —


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