Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Sin embargo, cuando la voluntad individual libera transitoriamente la fuerza representativa que se le ha añadido y la dispensa totalmente del servicio para el que ha nacido y existe; y cuando esa fuerza abandona de momento el cuidado de la voluntad o de la propia persona (cuidado que es su único tema natural y, por lo tanto, su ocupación normal), pero no cesa de actuar enérgicamente y de captar claramente lo intuitivo con total esfuerzo: entonces se vuelve plenamente objetiva, es decir, se convierte en fiel espejo de los objetos o, más exactamente, en medio de la objetivación de la voluntad que se presenta en los correspondientes objetos y cuyo interior aparece entonces en ella tanto más plenamente cuanto más dura la intuición, hasta llegar a agotarlo completamente. Asà surge junto con el sujeto puro el objeto puro, es decir, la perfecta manifestación de la voluntad que aparece en el objeto intuido, manifestación que es justamente la idea (platónica) del mismo. Pero la captación de una idea requiere que yo al considerar un objeto haga realmente abstracción de su posición en el tiempo y el espacio, y con ello de su individualidad. Pues esa posición, determinada siempre por la ley de la causalidad, es la que pone aquel objeto en alguna relación conmigo en cuanto individuo: de ahà que solamente eliminando aquella posición se convierta el objeto en idea, y yo, en sujeto puro del conocimiento. Por eso cualquier pintura, ya por el hecho de que fija para siempre el instante efÃmero y lo arranca asà del tiempo, ofrece, no lo individual, sino la idea, lo que perdura en todo cambio. Pero la condición de aquella transformación en el sujeto y el objeto que se ha postulado no es solo que la fuerza cognoscitiva esté liberada de su servidumbre originaria y totalmente entregada a sà misma, sino también que se mantenga activa con toda su energÃa a pesar de que entonces le falta el acicate natural de su actividad: el impulso de la voluntad. Aquà se halla la dificultad, y en esta, la rareza del asunto; porque todos nuestros pensamientos y nuestras aspiraciones, nuestros oÃdos y nuestros ojos, están por naturaleza, de forma mediata o inmediata, al servicio de nuestros numerosos fines personales, grandes o pequeños; y en consecuencia es la voluntad la que apremia a la fuerza cognoscitiva a cumplir su función; sin ese impulso, esta se agota enseguida. El conocimiento que actúa a partir de tal impulso es del todo suficiente para la vida práctica e incluso también para las ciencias especiales, que siempre están dirigidas únicamente a las relaciones de las cosas, no a su verdadera esencia interna; de ahà que todos sus conocimientos avancen al hilo del principio de razón, ese elemento de las relaciones. Asà que siempre que se trata del conocimiento de causa y efecto o cualesquiera otras razones y consecuencias, es decir, en todas las ramas de la ciencia natural y de la matemática, asà como de la historia o los inventos, etc., el conocimiento que se busca ha de ser un fin de la voluntad; y cuanto más vehemente sea el impulso de esta, antes se alcanzará aquel. También en los asuntos de Estado, en la guerra, en los negocios financieros y comerciales, en las intrigas de todas clases, etc., la voluntad tiene que obligar primero al intelecto con la violencia de su deseo a que emplee todas sus fuerzas para descubrir con exactitud todas las razones y consecuencias del asunto que tiene por delante. De hecho, es asombroso cómo el acicate de la voluntad puede impulsar a un intelecto dado mucho más allá de la medida usual de sus fuerzas. Por eso, todas las obras destacadas en esas cuestiones exigen, no solo una mente inteligente o sutil, sino también una voluntad enérgica, que ante todo tiene que impulsar a aquella para que asuma una actividad laboriosa, intensa e incesante, sin la cual tales obras no se pueden llevar a cabo.
