Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 209

No obstante, lo que hace que una imagen nos lleve a la captación de una idea (platónica) con mayor facilidad que una cosa real; es decir, aquello por lo cual la imagen está más cerca de la idea que la realidad, es en general esto: que la obra de arte es el objeto tratado ya por un sujeto, y por lo tanto es al espíritu lo que la alimentación animal al cuerpo, a saber: la alimentación vegetal ya asimilada. Pero, examinado más de cerca, el asunto se basa en que la obra de las artes figurativas no nos muestra, como hace la realidad, lo que solamente existe una vez y nunca más: la conexión de esta materia con esta forma, conexión que constituye justamente lo concreto, lo verdaderamente individual; antes bien, nos muestra únicamente la forma, que sería ya la idea misma simplemente con que nos fuera dada en plenitud y bajo todos los aspectos. La imagen nos desvía enseguida del individuo hacia la mera forma. Ya esa separación de la forma y la materia hace a la forma aproximarse mucho a la idea. Pero toda imagen es una separación de esa clase, bien se trate de una pintura o de una estatua. Por eso, tal separación, ese distanciamiento de la forma respecto de la materia, pertenece al carácter de la obra de arte estética, precisamente porque su fin es llevarnos al conocimiento de una idea (platónica). Así pues, es esencial a la obra de arte el ofrecernos la sola forma sin la materia, y hacerlo de manera evidente y manifiesta. Aquí yace la verdadera razón de por qué las figuras de cera no hacen ninguna impresión estética ni son, por lo tanto, obras de arte (en el sentido estético); aunque cuando están bien hechas pueden producir una ilusión cien veces mayor de la que es capaz de provocar la mejor imagen o estatua; y por eso, si la imitación ilusoria de lo real fuera el fin del arte, tendrían que ocupar el primer rango. En efecto, no parecen ofrecer la simple forma sino también la materia; por eso producen la ilusión de que tenemos ante nosotros la cosa misma. Así pues, la verdadera obra de arte nos conduce desde lo que existe una vez y nunca más, es decir, desde el individuo, a lo que existe siempre e infinitas veces en una infinita multiplicidad: la mera forma o la idea; en lugar de eso, la figura de cera nos ofrece en apariencia el individuo mismo, es decir, lo que solo existe una vez y nunca más, pero sin aquello que otorga valor a tal existencia efímera; sin la vida. Por eso la figura de cera provoca espanto, al producir el efecto de un rígido cadáver.


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