Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 214

Desde hace tiempo se sabe que toda obra destinada a fines humanos, es decir, cualquier utensilio o edificio, para ser bello ha de tener un cierto parecido con las obras de la naturaleza: pero se yerra al pensar que ese parecido tiene que ser directo y encontrarse inmediatamente en las formas; de modo que, por ejemplo, las columnas han de representar árboles o miembros del cuerpo humano, los vasos han de tener forma de molusco, de caracol o de cáliz de flor, y siempre han de tener el aspecto de formas vegetales o animales. Antes bien, aquella semejanza no debe ser directa sino simplemente indirecta; es decir, no ha de hallarse en las formas sino en el carácter de las formas, que puede ser el mismo aun dentro de la total diversidad de estas. En consecuencia, los edificios y utensilios no deben estar copiados de la naturaleza sino creados en el espíritu de esta. Eso se muestra en que cada cosa y cada parte corresponden a su fin de forma tan inmediata que lo ponen enseguida de manifiesto al alcanzarlo por el camino más corto y de la forma más simple. En efecto, esa funcionalidad manifiesta constituye el carácter del producto natural. Ciertamente, en este la voluntad actúa desde dentro y se ha apoderado por completo de la materia, mientras que en la obra humana, al actuar desde fuera, para alcanzar su propósito y expresarse necesita la mediación de la intuición e incluso de un concepto del fin de la cosa, y luego ha de someter una materia ajena, es decir, tal que en origen expresa otra voluntad; aun así, aquí puede mantenerse el carácter del producto natural. Eso es lo que muestra la arquitectura antigua en la exacta adecuación de cada parte o miembro a su fin inmediato, manifestado así de forma ingenua, y en la ausencia de todo elemento inútil; ello, en oposición a la arquitectura gótica, que debe su apariencia enigmática y misteriosa a los múltiples ornamentos y accesorios inútiles, en la medida en que les atribuimos una finalidad desconocida para nosotros; o también en contra de cualquier estilo arquitectónico totalmente desnaturalizado que, afectando originalidad, juega con los medios del arte, cuyos fines no comprende, y emplea toda clase de rodeos innecesarios y de arbitrariedades juguetonas. Lo mismo vale de los vasos antiguos, cuya belleza se debe a que expresan de forma tan ingenua aquello que están destinados a ser y hacer; y lo mismo vale de todos los demás utensilios de los antiguos: uno siente que si la naturaleza produjera vasos, ánforas, lámparas, mesas, sillas, cascos, escudos, armaduras, etc., tendrían ese aspecto. En cambio, véanse las vasijas de porcelana lujosamente doradas, así como los trajes de mujer, etc., de la época actual que, al cambiar el estilo de la Antigüedad ya establecido por el infame estilo rococó, ha puesto en evidencia su miserable espíritu y ha marcado su frente a hierro candente para todo el futuro. Pues algo así no es de ninguna manera una pequeñez, sino el sello del espíritu de esta época. Prueba de ello la ofrece su literatura, el deterioro de la lengua alemana a cargo de ignorantes emborronadores de tinta, que con insolente arbitrariedad tratan como vándalos las obras de arte; y se les permite hacerlo impunemente.


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