Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II La gran ópera no es en realidad un producto del puro sentido artÃstico sino más bien de la idea algo bárbara de intensificar el placer estético mediante el acopio de medios, la simultaneidad de impresiones de distinta clase y el refuerzo del efecto a base de incrementar la masa y las fuerzas activas; cuando la música, al ser la más poderosa de todas las artes, es capaz por sà sola de colmar el espÃritu sensible a ella; de hecho, sus más elevadas producciones, para ser adecuadamente comprendidas y disfrutadas, requieren la totalidad del espÃritu sin reserva ni dispersión, a fin de que se entregue a ellas y se sumerja en ellas para entender por completo su lenguaje increÃblemente Ãntimo. En lugar de eso, durante la ejecución de una música de ópera tan sumamente complicada se penetra en el espÃritu por los ojos, a través del más variopinto esplendor, de las más fantásticas imágenes y los más vivos efectos de luz y color; con lo que además este se encuentra ocupado con la ficción de la obra. Con todo ello el espÃritu es desviado, dispersado, aturdido, y asà conserva una sensibilidad mÃnima al sagrado, misterioso e Ãntimo lenguaje de los sonidos. De modo que con tales cosas se trabaja directamente en contra de la consecución del fin de la música. A eso se añaden aún los ballets, un espectáculo a menudo más calculado para la concupiscencia que para el placer estético, y que además, debido al estrecho alcance de sus medios y a su consecuente monotonÃa, pronto se vuelve sumamente aburrido contribuyendo asà a agotar la paciencia; sobre todo porque con la tediosa repetición de la misma melodÃa secundaria de danza, que con frecuencia dura un cuarto de hora, el sentido musical se fatiga y se embota, de modo que ya no queda sensibilidad alguna para las siguientes impresiones musicales de tipo más serio y elevado.
