Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 220

La gran ópera no es en realidad un producto del puro sentido artístico sino más bien de la idea algo bárbara de intensificar el placer estético mediante el acopio de medios, la simultaneidad de impresiones de distinta clase y el refuerzo del efecto a base de incrementar la masa y las fuerzas activas; cuando la música, al ser la más poderosa de todas las artes, es capaz por sí sola de colmar el espíritu sensible a ella; de hecho, sus más elevadas producciones, para ser adecuadamente comprendidas y disfrutadas, requieren la totalidad del espíritu sin reserva ni dispersión, a fin de que se entregue a ellas y se sumerja en ellas para entender por completo su lenguaje increíblemente íntimo. En lugar de eso, durante la ejecución de una música de ópera tan sumamente complicada se penetra en el espíritu por los ojos, a través del más variopinto esplendor, de las más fantásticas imágenes y los más vivos efectos de luz y color; con lo que además este se encuentra ocupado con la ficción de la obra. Con todo ello el espíritu es desviado, dispersado, aturdido, y así conserva una sensibilidad mínima al sagrado, misterioso e íntimo lenguaje de los sonidos. De modo que con tales cosas se trabaja directamente en contra de la consecución del fin de la música. A eso se añaden aún los ballets, un espectáculo a menudo más calculado para la concupiscencia que para el placer estético, y que además, debido al estrecho alcance de sus medios y a su consecuente monotonía, pronto se vuelve sumamente aburrido contribuyendo así a agotar la paciencia; sobre todo porque con la tediosa repetición de la misma melodía secundaria de danza, que con frecuencia dura un cuarto de hora, el sentido musical se fatiga y se embota, de modo que ya no queda sensibilidad alguna para las siguientes impresiones musicales de tipo más serio y elevado.


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