Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Todo comienzo es duro, se dice. Sin embargo, en la dramaturgia rige lo contrario: todo final es duro. De ello dan prueba los innumerables dramas cuya primera mitad promete pero luego se enturbian, se paralizan, vacilan sobre todo en el desacreditado cuarto acto y concluyen en un final forzado o insatisfactorio o previsto desde hace tiempo por todos; y de vez en cuando, como Emilia Galotti, tienen un Anal indignante que manda al espectador a casa totalmente disgustado. Esa dificultad del desenlace se debe en parte a que siempre es más fácil embrollar las cosas que desembrollarlas; y, en parte, a que al principio damos carte blanche al poeta, pero al final planteamos determinadas exigencias: en concreto, el final ha de ser totalmente feliz o totalmente trágico, cuando no es fácil que las cosas humanas tomen un giro tan claro: además, ha de resultar natural, correcto y no forzado, pero no ha de estar previsto por nadie. — En la epopeya y la novela rige lo mismo: pero en el caso del drama su naturaleza más compacta hace esos requisitos más visibles al aumentar su dificultad.
