Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 240

Así como el Sol necesita un ojo para alumbrar, y la música, un oído para sonar, también el valor de todas las obras maestras del arte y la ciencia está condicionado por el espíritu afín y equiparado a ellas al que hablan. Solo él tiene la palabra mágica con la que se despiertan y se muestran los espíritus retenidos en tales obras. La mente vulgar se encuentra ante ellas como ante un armario mágico cerrado con llave o como ante un instrumento que no sabe tocar y del que saca, por tanto, notas desordenadas, por mucho que le guste engañarse al respecto. Y tan distinta como resulta la misma pintura al óleo vista desde un ángulo oscuro o cuando el sol brilla sobre ella, así de diferente es la impresión de la misma obra maestra según la medida de la mente que la concibe. En consecuencia, para existir y vivir realmente, una obra bella requiere un espíritu sensible; una obra pensada, un espíritu pensante. Pero a quien trae una obra así al mundo le puede ocurrir con demasiada frecuencia que después tenga la misma sensación que un pirotécnico que por fin ha encendido el producto preparado con mucho tiempo y fatiga, y entonces se da cuenta de que ha ido con él al lugar equivocado, ya que todos los espectadores son alumnos de una institución de ciegos. Y, no obstante, eso siempre es mejor que si hubiera tenido un público formado solo por pirotécnicos; porque, en ese caso, si su trabajo hubiera sido extraordinario le podría haber costado la vida.


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