Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 241

La fuente de todo bienestar es la homogeneidad. Ya para el sentido de la belleza la propia especie es sin vacilar la más bella y, dentro de esta, la propia raza. También en el trato cada uno prefiere claramente a los que se le parecen, de modo que un tonto preferirá sin comparación la compañía de otro tonto que la de todos los grandes espíritus juntos. Por consiguiente, las obras que a cada cual le gusten más han de ser las suyas propias, ya que no son sino el reflejo de su propio espíritu y el eco de sus pensamientos. Pero después le complacerán las obras de los que son homogéneos a él; así que el hombre vulgar, insulso, extravagante y que trastea con meras palabras solamente tributará su aprobación sincera y realmente sentida al hombre vulgar, insulso y extravagante, y a la mera palabrería; las obras de los grandes espíritus, en cambio, las admitirá solamente por autoridad, es decir, forzado por el temor, cuando en su corazón le desagradan. «No le gustan», de hecho le repugnan: sin embargo, eso no se lo confesará ni siquiera a sí mismo. Solo las mentes privilegiadas pueden disfrutar realmente las obras del genio: pero para reconocerlas por primera vez cuando aún carecen de autoridad se requiere una significativa superioridad de espíritu. En consecuencia, y considerando bien todo eso, no hay que asombrarse de que alcancen tan tarde la aprobación y la fama sino más bien de que las logren alguna vez. Eso se consigue a través de un lento y complicado proceso, en el que todas las mentes inferiores, forzadas y como domesticadas, reconocen la supremacía de la que está inmediatamente por encima de ellas, y así sucesivamente, en progresivo ascenso; con lo que poco a poco se llega al punto en que el simple resultado del peso de las voces supera el de su munero, lo cual constituye precisamente la condición de toda fama auténtica, es decir, merecida. Pero hasta entonces al máximo genio, aun después de haber dado sus pruebas, le va como le iría a un rey en medio de un grupo de gente de su propio pueblo que no le conoce personalmente y que, por lo tanto, no le obedecerá mientras no le acompañen sus altos ministros. Pues ningún funcionario subalterno es capaz de recibir directamente sus órdenes. Él, en efecto, no conoce más que la firma de su superior, como este la del suyo, y así en ascenso hasta llegar arriba del todo, donde el secretario del gabinete certifica la firma del ministro y este, la del rey. La fama del genio entre la masa está condicionada por análogos grados intermedios. Por eso al principio es más fácil que se detenga su avance, ya que entonces es cuando más a menudo faltan las autoridades superiores, que no pueden ser más que unas pocas: en cambio, cuanto más se desciende, a más personas al mismo tiempo está dirigida la orden, y por eso ya no se detiene.


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