Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II La demostración más evidente y al mismo tiempo más simple de la idealidad del espacio consiste en que no podemos suprimir en el pensamiento el espacio al igual que todo lo demás. Únicamente podemos vaciarlo: todo, todo, todo podemos quitarlo del espacio, hacerlo desaparecer; también podemos muy bien imaginar que el espacio entre las estrellas fijas está absolutamente vacÃo, y cosas semejantes. El espacio mismo es lo único de lo que no podemos desembarazarnos de ningún modo, hagamos lo que hagamos y dondequiera que nos instalemos; está ahà y no termina en ninguna parte: pues él fundamenta todo nuestro representar y es la primera condición del mismo. Eso demuestra con toda seguridad que pertenece a nuestro intelecto, es una parte integrante de él y, por cierto, la que le proporciona los primeros hilos fundamentales del tejido sobre el que luego se pinta este variado mundo de objetos. Pues él aparece tan pronto como ha de representarse un objeto y acompaña después todos los movimientos, giros e intentos del intelecto intuitivo, tan persistentemente como las gafas que llevo sobre la nariz acompañan todos los giros y movimientos de mi persona o como la sombra acompaña a su cuerpo. Si observo que algo está siempre y en toda circunstancia junto a mÃ, concluyo que depende de mÃ: asà por ejemplo, cuando un olor especial que quiero evitar se encuentra allá donde yo vaya. No de otro modo ocurre con el espacio: piense lo que piense, cualquiera que sea el mundo que me represente, el espacio siempre está primero ahà y no quiere retroceder. Si, según se desprende de ahà manifiestamente, es una función o incluso una función fundamental de mi intelecto, la idealidad que de ahà resulta se extiende también a todo lo espacial, es decir, a todo lo que ahà se presenta: aun asÃ, eso podrá tener también en sà mismo una existencia objetiva; pero, en la medida en que es espacial, es decir, en cuanto tiene forma, tamaño y movimiento, está subjetivamente condicionado. También los cálculos astronómicos, tan exactos y correctos, son posibles solo porque en realidad el espacio está en nuestra mente. Por consiguiente, no conocemos las cosas tal como son en sà sino solamente tal como aparecen. Esa es la gran doctrina del gran Kant.
