Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 255

La abolición del latín como lengua erudita universal, y el provincianismo de las literaturas nacionales introducido a cambio, han sido una verdadera desgracia para las ciencias en Europa. En primer lugar, porque solamente a través del latín existió un público erudito universal en Europa, al conjunto del cual iba directamente dirigido cada libro que aparecía. Pero el número de las cabezas verdaderamente pensantes y capaces de juzgar en toda Europa es ya tan pequeño que, si además se divide y fragmenta su foro con límites lingüísticos, se debilita infinitamente su beneficiosa eficacia. Y las traducciones fabricadas por operarios de la literatura según la elección arbitraria de los editores son un mal sucedáneo de un lenguaje erudito universal. Por eso la filosofía kantiana, tras un breve resplandor, ha quedado hundida en el pantano del Juicio alemán, mientras sobre él disfrutan de su vida llameante los fuegos fatuos de Fichte y Schelling, y finalmente la pseudociencia de Hegel. Por eso la teoría de los colores de Goethe no ha encontrado justicia. Por eso yo he pasado inadvertido. Por eso la nación inglesa, tan intelectual y dotada de tanto juicio, está aún ahora degradada por la más ignominiosa mojigatería y tutela del clero. Por eso a las gloriosas física y zoología francesas les falta el apoyo y el control de una metafísica suficiente y digna. Y se podría citar aún más. Además, a esa gran desventaja se le sumará enseguida una segunda aún mayor: el cese de la enseñanza de las lenguas antiguas. En la actualidad el descuido de las mismas aumenta demasiado en Francia e incluso en Alemania. Ya el hecho de que en la década de 1830 se tradujera al alemán el Corpus juris fue un signo inequívoco de la irrupción de la ignorancia en la base de toda erudición que es la lengua latina; es decir, un signo de barbarie. Ahora la cosa ha llegado al punto de que los autores griegos y hasta los latinos se editan con notas en alemán, lo cual es una indecencia y una infamia. La verdadera razón de esto (por muchos ademanes que hagan los señores) es que el editor ya no sabe escribir en latín, y la querida juventud recorre gustosa de su mano el camino de la negligencia, la ignorancia y la barbarie. Yo había esperado ver ese procedimiento castigado como se merece en las revistas literarias: ¡pero cuánto hube de asombrarme al ver que pasaba sin censura alguna, como algo totalmente normal! Eso supone que los críticos son protectores ignorantes, o también padrinos del que hace la edición o del que la publica. Y la bajeza más deferente está totalmente a la orden del día en la literatura alemana de todas clases.


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