Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 258

La diversidad del efecto que tiene en el espíritu el pensar por sí mismo y el que ejerce la lectura es increíblemente grande, y de ahí que incremente sin cesar la diversidad originaria de las mentes, en virtud de la cual se está impulsado a una actividad o la otra. En efecto, la lectura impone al espíritu pensamientos que son tan ajenos y heterogéneos a su orientación y ánimo momentáneos como el sello al lacre en el que imprime su cuño. El espíritu sufre ahí una total coacción externa a pensar esto o aquello para lo que no tiene inclinación ni ánimo. — En cambio, al pensar por sí mismo sigue su propia inclinación, que ha sido determinada en ese momento por el entorno exterior o por algún recuerdo. En efecto, el entorno intuitivo no impone al espíritu un pensamiento determinado, como hace la lectura, sino que únicamente le da materia y ocasión para pensar lo que es adecuado a su naturaleza y a su disposición actual. — Por eso el mucho leer quita al espíritu toda su elasticidad, como se la quita a un muelle un peso que lo presiona continuamente; y el medio más seguro para no tener pensamientos propios es echar mano de un libro cada vez que se tiene un minuto libre. Esa praxis es la razón de que la erudición haga a la mayoría de los hombres más triviales y simples de lo que son ya por naturaleza, y lo que priva de éxito a toda su actividad literaria[534]: permanecen, como dice Pope:

For ever reading, never to be read[535].


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