Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Que el espacio infinito existe independientemente de nosotros, es decir, de forma absolutamente objetiva y en sà mismo, y que a través de los ojos llega a nuestra mente una mera imagen del mismo como algo infinito, es la más absurda de todas las ideas, pero en cierto sentido la más fructÃfera; porque quien se percata claramente de su carácter absurdo justo con ello conoce inmediatamente la existencia meramente fenoménica de este mundo, al concebirlo como un simple fenómeno cerebral que, en cuanto tal, desaparece al morir el cerebro para dejar otro totalmente distinto: el mundo de las cosas en sÃ. El hecho de que la cabeza esté en el espacio no le impide comprender que el espacio solo está en la cabeza[70].
Lo que es la luz al mundo corpóreo externo, eso es el intelecto al mundo interior de la conciencia. Pues este es a la voluntad, es decir, al organismo, que es simple voluntad intuida objetivamente, más o menos lo que la luz al cuerpo inflamable y al oxÃgeno, de cuya unión brota. Y asà como esta es más pura cuanto menos se mezcla con el humo del cuerpo en combustión, también el intelecto es más puro cuanto más perfectamente separado está de la voluntad de la que ha brotado. En una audaz metáfora se podrÃa incluso decir: la vida es, como sabemos, un proceso de combustión: el despliegue luminoso que tiene lugar en ella es el intelecto.
