Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 261

Leer significa pensar con una mente ajena en lugar de la propia. Pero al pensar por sí mismo —a partir del cual siempre trata de desarrollarse una totalidad conexa, un sistema, aunque no estrictamente cerrado— nada le resulta más perjudicial que una afluencia excesiva de pensamientos ajenos debida a la lectura continuada; porque estos, surgidos todos ellos de otro espíritu, pertenecientes a otro sistema, teñidos de otro color, nunca confluyen por sí mismos a una totalidad del pensamiento, del saber, de la comprensión y la convicción, sino que más bien causan en la mente una ligera confusión babilónica de lenguas, privan de toda clara comprensión al espíritu saturado de ellos y así llegan casi a desorganizarlo. Ese estado se puede percibir en muchos eruditos y hace que en sano entendimiento, juicio correcto y mesura práctica estén muy por detrás de muchos iletrados, que siempre han subordinado e incorporado al propio pensamiento los exiguos conocimientos que han recibido de fuera a través de la experiencia, la conversación y unas pocas lecturas. Precisamente eso hace también, en mayor medida, el pensador científico. Aunque él necesita muchos conocimientos y por lo tanto ha de leer mucho, su espíritu tiene el suficiente vigor como para dominarlo todo, asimilarlo, incorporarlo al sistema de sus pensamientos y subordinarlo a la totalidad orgánica de su creciente y grandiosa comprensión; de este modo, su pensamiento propio lo domina siempre todo, igual que el bajo fundamental del órgano, y nunca es acallado por notas ajenas, como ocurre en las mentes enciclopédicas, en las que, por así decirlo, corren mezclados jirones de música de toda clase de tonalidades, y el tono fundamental no se puede encontrar.


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