Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II El usual filósofo de libros es a alguien que piensa por sà mismo lo que un investigador de la historia a un testigo ocular: este habla a partir de una comprensión propia e inmediata del asunto. De ahà que todos los que piensan por sà mismos coincidan en el fondo, y su divergencia se deba únicamente a la diversidad del punto de vista: pero cuando este no difiere, todos dicen lo mismo. Pues no dicen más que lo que han captado objetivamente. Con frecuencia he vacilado en presentar al público determinados principios debido a su carácter paradójico y más tarde, con asombro satisfecho, los he encontrado expresados en obras antiguas de grandes hombres. — En cambio, el filósofo de libros informa de lo que este ha dicho y aquel ha opinado, de lo que a su vez otro ha objetado, etc. Eso lo compara, lo pondera, lo critica, e intenta asà llegar a la verdad de las cosas; en eso es muy parecido a los historiadores crÃticos. AsÃ, por ejemplo, plantea investigaciones sobre si Leibniz en alguna época de su vida fue spinoziano por un tiempo, y cosas por el estilo. Ejemplos claros de lo que aquà se ha dicho se ofrecen al curioso aficionado en la Ilustración analÃtica de la moral y el derecho natural de Herbart, asà como en sus Cartas sobre la libertad. — Uno podrÃa asombrarse de lo mucho que se esfuerza un individuo asÃ: porque parece que si quisiera tener el asunto mismo a la vista lograrÃa enseguida su fin con solo pensar un poco por sà mismo. Pero para eso existe una pequeña dificultad, ya que tal cosa no depende de nuestra voluntad: uno puede a cada momento sentarse y leer; pero no sentarse y pensar. En efecto, con los pensamientos pasa como con los hombres: no podemos hacerlos venir siempre a voluntad, sino que tenemos que esperar a que vengan. El pensar sobre un objeto ha de presentarse por sà mismo, por medio de una feliz y armónica coincidencia de las ocasiones externas con el ánimo y la tensión interior: y precisamente eso es lo que nunca quiere llegar a esa gente. Esto encuentra su ilustración incluso en los pensamientos referentes a nuestro interés personal. Cuando hemos de tomar una resolución en un asunto de ese tipo, no podemos sentarnos en el momento que elijamos a discreción para meditar las razones y tomar la decisión: pues a menudo en ese preciso momento nuestra reflexión no quiere mantenerse firme sino que se desvÃa a otras cosas: a veces la culpa de ello la tiene incluso nuestra aversión al asunto. Entonces no debemos forzarnos sino esperar a que se presente también por sà mismo el ánimo para ello: con frecuencia aparece de forma inesperada y repetida; y cada ánimo diferente en cada diferente momento arroja una luz distinta sobre el tema. Ese lento proceso es lo que se llama madurar las decisiones. Pues la tarea tiene que repartirse; de ese modo se nos ocurren algunas cosas que antes pasamos por alto y también se va perdiendo la aversión, ya que cuando las cosas se perciben con claridad parecen más soportables. — Igualmente, en los asuntos teóricos se debe esperar el buen momento, y ni siquiera la mayor inteligencia es capaz de pensar por sà misma a todas horas. Por eso hace bien en emplear el resto del tiempo para la lectura que, como se dijo, es un sucedáneo del pensamiento propio y proporciona materia al espÃritu, al ser otro el que piensa por nosotros, aunque siempre de una manera que no es la nuestra. Precisamente por eso no se debe leer demasiado, a fin de que el espÃritu no se acostumbre al sucedáneo y desaprenda el asunto, es decir, para que no se habitúe a caminos ya trillados y para que la marcha de un pensar ajeno no lo aleje de la del suyo. Pero sobre todo uno no debe retirar totalmente la vista del mundo externo por causa de la lectura; porque la ocasión y el ánimo para pensar por sà mismo se encuentran mucho más a menudo en él que en la lectura. Pues lo intuitivo, lo real en su carácter originario y su fuerza, constituye el objeto natural del espÃritu pensante y es capaz de excitarlo a fondo con la mayor facilidad.
