Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 281

Las revistas literarias deberían ser el dique frente a los borrones de tinta que se hacen en nuestra época sin ningún escrúpulo y frente al creciente diluvio universal de libros malos e inútiles; pues ellas tendrían que ser las que, juzgando insobornable, justa y estrictamente, censurasen todas las chapuzas de los incompetentes, todos los garabatos a través de los cuales la cabeza hueca pretende ayudar al bolsillo vacío, y por consiguiente, las nueve décimas partes de todos los libros; y de ese modo deberían oponerse, como es su obligación, al prurito de escribir y a la estafa, en lugar de fomentarlos al aliarse su infame tolerancia con el autor y el editor para robar al público el tiempo y el dinero. Los escritores suelen ser profesores o literatos que escriben porque necesitan dinero debido a sus bajos salarios y a sus malos honorarios: dado que tienen un objetivo común, tienen también un interés común, se mantienen unidos, se apoyan mutuamente y cada uno habla en favor del otro: de ahí nacen todos los informes laudatorios sobre malos libros que forman el contenido de las revistas literarias y cuyo lema debería ser: «¡Vive y deja vivir!». (Y el público es tan simple como para preferir leer lo nuevo que lo bueno.) ¿Acaso hay —o había— entre ellas alguna que se pudiera jactar de no haber elogiado nunca los más indignos garabatos, de no haber censurado ni desprestigiado nunca una obra excelente o de no haber tenido la picardía de tratarla como irrelevante para desviar la mirada de ella? ¿Hay alguna que siempre haya seleccionado a conciencia los libros que reseñar de acuerdo con su importancia y no según recomendaciones de padrinos, consideraciones colegiales o sobornos de editores? Cualquiera que no sea novato ¿no mira casi mecánicamente buscando el nombre de la editorial cuando ve que un libro es muy elogiado o muy censurado? Constantemente se recensiona en interés del editor y no del público. Sin embargo, si existiera una revista literaria como la que antes he requerido, a todo mal escritor, a todo compilador trivial, a todo plagiario de libros ajenos, a todo filosofastro hueco, incapaz y hambriento de empleo, a todo poetastro descolorido y fatuo, la perspectiva de la picota en la que su chapuza tendría que encontrarse enseguida y sin remedio le paralizaría los dedos ávidos de escribir; ello, para verdadero provecho de la literatura, en la que lo malo no es simplemente inútil sino positivamente pernicioso. Pero la mayor parte de los libros son malos y deberían haberse quedado sin escribir: por consiguiente, el elogio debería ser tan infrecuente como lo es ahora la censura bajo el influjo de las consideraciones personales y la máxima accedas socius, laudes lauderis ut absens[548]. Es absolutamente falso pretender trasladar a la literatura la tolerancia que necesariamente se ha de tener en la sociedad con los hombres obtusos y descerebrados que pululan en ella por doquier. Pues en la literatura se trata de intrusos desvergonzados, y aquí desprestigiar lo malo constituye un deber hacia lo bueno: pues el que no tiene nada por malo tampoco tiene nada por bueno. En general la cortesía, que procede de la sociedad, es en la literatura un elemento extraño y muy a menudo pernicioso; porque exige que se llame bueno a lo malo y con ello obstaculiza directamente los fines de la ciencia y los del arte. Por supuesto, una revista literaria como la que yo quiero solo podría estar escrita por personas en las que la insobornable honradez estuviera unida a unos conocimientos infrecuentes y a un Juicio aún más infrecuente: en consecuencia, en toda Alemania podría a lo sumo y a duras penas lograrse una revista literaria así, que entonces se mantendría como un justo Areópago[549] y cada uno de cuyos miembros tendría que ser elegido por todos los demás; no como ocurre ahora, que las revistas literarias son impulsadas en beneficio de la editorial por gremios universitarios, por camarillas de literatos, o quizás incluso en secreto por los propios editores, y por lo regular incluyen algunas coaliciones de mentes inferiores empeñadas en no tolerar los libros buenos. En ningún lugar hay tanta falta de honradez como en la literatura: ya lo dijo Goethe, según he informado en detalle en La voluntad en la naturaleza, p. 22 [3.a ed., p. 17].


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