Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 33

La más simple auto-observación imparcial, unida a los resultados de la anatomía, conduce al resultado de que el intelecto, al igual que su objetivación —el cerebro junto con el aparato sensorial que depende de él— no es más que una elevada receptividad a los influjos exteriores, pero no constituye nuestro ser interior originario y verdadero; que, por lo tanto, el intelecto no es en nosotros lo que en la planta la fuerza vegetativa o en la piedra la gravedad junto con las fuerzas químicas: eso resulta serlo exclusivamente la voluntad. Antes bien, el intelecto es en nosotros lo que en la planta la simple receptividad a influjos externos, a acciones físicas y químicas, y a todo lo que fomente u obstaculice su crecimiento y desarrollo; pero en nosotros esa receptividad está tan extremadamente elevada que en virtud de ella se presenta todo el mundo objetivo, el mundo como representación, y de ese modo se origina en cuanto objeto. Para tratar de comprender esto, imagínese el mundo sin ningún ser animal. En él no existe ninguna percepción, luego en realidad no es objetivamente existente, aunque lo supongamos como tal. Ahora imaginemos un número de plantas elevándose del suelo muy cerca unas de otras. Sobre ellas actúan varias cosas como el aire, el viento, el choque de unas plantas contra otras, la humedad, el frío, la luz, el calor, la tensión eléctrica, etc. Ahora elevemos cada vez más en nuestro pensamiento la receptividad de esas plantas a semejantes influjos: entonces esta llegará en último término hasta la sensación acompañada de la capacidad de referir esta a su causa, y así, al final, hasta la percepción: acto seguido se encuentra el mundo representándose en el espacio, el tiempo y la causalidad; pero sigue siendo un mero resultado de los influjos exteriores sobre la receptividad de las plantas. Esa consideración metafórica es muy apropiada para comprender la existencia meramente fenoménica del mundo externo. ¿Pues a quién se le ocurrirá después afirmar que esas conexiones, que tienen su existencia en esa intuición nacida de simples relaciones entre el influjo externo y la receptividad viviente, representan la naturaleza verdaderamente objetiva, interna y originaria de todas aquellas potencias naturales que supuestamente actúan en las plantas, es decir, el mundo de las cosas en sí? Así pues, en esa imagen podemos comprender por qué el ámbito del intelecto humano posee unos límites tan estrechos como los que demuestra Kant en la Crítica de la razón pura.


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