Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II La subjetividad es un defecto estilÃstico que hoy en dÃa se hace cada vez más frecuente debido al estado decadente de la literatura y al abandono de las lenguas antiguas, pero que solamente es nativo de Alemania. Consiste en que al escritor le basta con saber él mismo lo que opina y quiere decir; el lector ya verá cómo averiguarlo. Sin preocuparse por él, el autor escribe como si mantuviera un monólogo, cuando deberÃa tratarse de un diálogo y, además, de tal clase que en él uno tiene que expresarse con claridad tanto mayor cuanto que no percibe las preguntas del otro. Precisamente por eso el estilo no debe ser subjetivo sino objetivo; para eso es necesario colocar las palabras de modo que obliguen directamente al lector a pensar exactamente lo mismo que el autor ha pensado. Pero eso solo se producirá si el autor ha tenido siempre en cuenta que los pensamientos obedecen la ley de la gravedad, en la medida en que recorren el camino de la cabeza hasta el papel con más facilidad que el que va del papel a la cabeza, y por eso en este último hay que ayudarles con todos los medios a nuestro alcance. Si se hace eso, entonces las palabras tienen un efecto puramente objetivo, igual que una acabada pintura al óleo; mientras que el estilo subjetivo no tiene un efecto mucho más seguro que el de las manchas en la pared, en las que únicamente ve figuras aquel cuya fantasÃa ha sido casualmente excitada por ellas y los demás solo ven manchas. La diferencia en cuestión se extiende a toda la forma de la exposición, pero a menudo se puede demostrar también en los detalles: asÃ, por ejemplo, acabo de leer en un libro reciente: «No he escrito a fin de incrementar el volumen de libros existentes». Eso dice lo contrario de lo que el escritor pretendÃa y, además, es un sinsentido.
