Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Cuando leemos hay otro que piensa para nosotros: nos limitamos a repetir su proceso mental. Ocurre en eso como cuando, al aprender a escribir, el alumno repasa con la pluma los trazos que el maestro ha escrito con el lápiz. Por consiguiente, al leer se reduce en su mayor parte el trabajo del pensar. De ahí el sensible alivio cuando pasamos de ocuparnos en nuestros propios pensamientos a leer. Pero durante la lectura nuestra mente es en realidad la mera palestra de pensamientos ajenos. ¿Y qué queda si se descuentan estos? De ahí resulta que quien lee mucho y casi todo el día, pero en el medio descansa con entretenimientos irreflexivos, pierde poco a poco la capacidad de pensar; — del mismo modo que quien siempre va a caballo se olvida de andar. Mas ese es el caso de muchos eruditos: han leído hasta volverse tontos. Pues una lectura continuada que se retoma enseguida a cada momento libre paraliza más el espíritu que el trabajo manual constante; porque al realizar este podemos dedicarnos a nuestros propios pensamientos. Pero así como un muelle termina perdiendo su elasticidad con la presión sostenida de un cuerpo extraño, también el espíritu pierde la suya cuando se le imponen continuamente pensamientos ajenos. Y así como la alimentación excesiva echa a perder el estómago dañando así todo el cuerpo, también se puede congestionar y ahogar el espíritu cuando se lo alimenta en demasía. Pues cuanto más leemos, menos huella deja lo leído en el espíritu: se convierte en un tablero sobre el que se han escrito muchas cosas unas encima de otras. Por eso no se llega a la reflexión[615]: pero solamente por medio de esta llegamos a apropiarnos de lo leído, del mismo modo que los alimentos no nos nutren mediante la comida sino a través de la digestión. En cambio, si leemos continuadamente y sin pensar después en el contenido de la lectura, este no echa raíces y la mayoría de las veces se pierde. Generalmente el alimento espiritual no difiere del corpóreo: apenas es asimilada la quinceava parte de lo que se ha tomado; el resto se elimina a través de la evaporación, la respiración, etc.
