Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Cuando el ojo mira fijamente un objeto durante mucho tiempo, se embota y deja de ver: del mismo modo, cuando el intelecto piensa continuadamente sobre la misma cosa, se vuelve incapaz de seguir meditando y comprendiendo nada de ella, se embota y se confunde. Hay que dejarla para volver sobre ella cuando uno la vuelve a ver con frescura y claros rasgos. Por eso, cuando Platón relata en el Banquete (p. 268) que Sócrates se había quedado fijo y tieso como una estatua durante veinticuatro horas, meditando sobre algo que se le había ocurrido, no solo hay que decir a eso: non è vero, sino añadir: è mal trovato[71]. — Esa necesidad de reposo que tiene el intelecto explica también el hecho de que, cuando tras alguna larga pausa miramos como algo nuevo y extraño el curso cotidiano de las cosas de este mundo, y así lanzamos una mirada fresca y verdaderamente imparcial sobre él, su coherencia y su significado se nos esclarecen con la mayor pureza y profundidad; de modo que entonces vemos con evidencia cosas que no concebimos cómo no son observadas por todos los que a cada hora se mueven en él. Ese instante de lucidez puede, por lo tanto, compararse con un lucido intervallo.
