Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 298a

Es sabido que las lenguas, en concreto desde el punto de vista gramatical, son más perfectas cuanto más antiguas y se van volviendo gradualmente peores — desde el alto sánscrito hasta la jerga inglesa, ese ropaje de pensamientos remendado con jirones de tejidos heterogéneos. Esa progresiva degradación es un serio argumento contra las queridas teorías de nuestros optimistas de insulsa sonrisa acerca del «continuo progreso de la humanidad a mejor», en favor de las cuales pretenden tergiversar la deplorable historia del género bípedo; pero, además, esa degradación es un problema difícil de resolver. No podemos por menos que imaginarnos la primera generación humana surgida de algún modo del seno de la naturaleza en un estado de ignorancia completa y pueril, y por lo tanto, burdo y torpe: ¿cómo una especie así habría de idear ese edificio del lenguaje sumamente artístico, esas formas gramaticales complicadas y variadas, aun suponiendo que hubiera recopilado poco a poco el tesoro lingüístico del léxico? Por otra parte, vemos que los descendientes siempre permanecen en el lenguaje de sus padres y solamente efectúan poco a poco pequeñas modificaciones en él. Mas la experiencia no enseña que en la sucesión de las generaciones los lenguajes se hayan perfeccionado gramaticalmente sino, según se ha dicho, exactamente lo contrario: se van haciendo cada vez más simples y peores. — ¿Deberíamos, no obstante, suponer que la vida del lenguaje se asemeja a la de una planta que, nacida de una semilla simple, se convierte en un insignificante brote, se desarrolla poco a poco, alcanza su plenitud y a partir de ahí vuelve a declinar lentamente y envejece, si bien nosotros solamente tendríamos noticia de esa decadencia y no de un anterior crecimiento? Una hipótesis meramente alegórica y además totalmente arbitraria: ¡una metáfora, no una explicación! Para conseguir esta, el supuesto más plausible me parece ser que el hombre ha inventado el lenguaje instintivamente, al haber en él originalmente un instinto en virtud del cual, a fin de usar su razón, creó sin reflexión ni clara intencionalidad la herramienta y órgano indispensable de la misma; un instinto este que después se pierde poco a poco en el curso de las generaciones, una vez que ya existe el lenguaje y no se hace uso de él. Todas las obras surgidas del mero instinto —como, por ejemplo, las construcciones de las abejas, las avispas y los castores, o los nidos de las aves, de formas tan variadas y siempre adecuadas— poseen una perfección peculiar, al lograr directa y exactamente lo que requiere su fin, de modo que admiramos la profunda sabiduría inherente a ellas: lo mismo ocurre con el lenguaje primero y originario: poseía la elevada perfección de todas las obras del instinto: rastrearla a fin de ponerla a la luz de la reflexión y la clara conciencia constituye la obra de la primera gramática que apareció milenios después.


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