Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 37

Va de suyo que debemos poner por escrito lo más pronto posible nuestras meditaciones valiosas: si a veces olvidamos lo que hemos vivido, cuánto más lo que hemos pensado. Pero los pensamientos no vienen cuando queremos nosotros sino cuando quieren ellos. En cambio, lo que recibimos ya hecho de fuera, lo simplemente aprendido que siempre podemos volver a encontrar en los libros, es mejor no anotarlo, es decir, no hacer compendios: pues anotar algo significa entregarlo al olvido. Mas hemos de obrar de forma estricta y despótica con nuestra memoria a fin de que no pierda la obediencia; por ejemplo, cuando no podemos recordar una cosa, o un verso, o una palabra, no debemos consultarla en los libros sino atormentar periódicamente a la memoria con ello durante semanas hasta que haya cumplido con su obligación. Pues cuanto mayor es el tiempo durante el que hemos de intentar traerlo a la memoria, más grabado se queda después a ella; lo que con tanto esfuerzo hemos elevado desde la profundidad de nuestra memoria estará otra vez a nuestra disposición mucho más fácilmente que si lo hubiéramos refrescado con ayuda de los libros[74]. La mnemotecnia, en cambio, se basa en el fondo en que confiamos más en nuestro ingenio que en nuestra memoria y por eso cedemos a aquel las funciones de esta. En efecto, él tiene que sustituir algo difícil de retener por algo que se recuerde fácilmente, para en un momento dado volver a traducir esto en aquello. Esa mnemotecnia es a la memoria natural lo que una pierna artificial a la real y está sometida, como todo, a la sentencia napoleónica: tout ce qui n’est pas naturel est imparfait[75]. Cuando se aprenden cosas o palabras es conveniente servirse de ella como de una muleta provisional, hasta que se hayan incorporado a la memoria natural inmediata. Cómo empieza nuestra memoria a encontrar enseguida en el a menudo inabarcable ámbito de su acopio lo que en cada caso se requiere; cómo se produce realmente la ciega búsqueda, a veces más prolongada; cómo lo que al principio hemos buscado en vano viene a nosotros la mayoría de las veces cuando descubrimos un hilo unido a ello, o bien se nos presenta espontáneamente y sin motivo, como en susurros, tras algunas horas, a veces días: todo eso es un enigma para nosotros, que actuamos en el proceso. Pero me parece indudable que esas operaciones tan sutiles y misteriosas, con tan enorme cantidad y variedad de materia de recuerdo, nunca pueden ser sustituidas por un juego artificial y consciente con analogías, en las que la memoria natural ha de seguir siendo siempre el primum mobile[76] pero en lugar de una cosa ha de conservar dos: el signo y lo designado. En todo caso, tal memoria artificial no puede abarcar más que un acopio relativamente muy pequeño. — En general existen dos formas de grabar las cosas en nuestra memoria: bien a propósito, memorizándolas intencionadamente, en cuyo caso, si se trata de simples palabras o cifras, también nos podemos servir provisionalmente de artificios mnemotécnicos; o bien se graban sin nuestra intervención, por sí mismas, debido a la impresión que ejercen en nosotros; entonces las llamamos inolvidables. Sin embargo, así como en la mayoría de los casos una herida no se siente cuando se recibe sino solo después, también algunos sucesos o algunos pensamientos que hemos oído o leído nos impresionan más de lo que inmediatamente somos conscientes: pero después el tema se nos viene una y otra vez a la cabeza; la consecuencia de ello es que no lo olvidamos sino que lo incorporamos al sistema de nuestros pensamientos para que aparezca en el momento oportuno. Evidentemente, para eso es necesario que nos resulte interesante en algún aspecto. Por eso se requiere tener un espíritu vivo, que acoja con avidez lo objetivo y aspire al conocimiento y la comprensión. La sorprendente ignorancia de muchos eruditos en cuestiones de su especialidad tiene su razón última en su falta de interés objetivo por los temas de la misma; de ahí que las percepciones, observaciones, conocimientos, etc., que se refieren a estos no produzcan una viva impresión en ellos y, por lo tanto, no se les queden grabados; así como, en general, no estudian con amore sino haciéndose violencia. — Cuantas más sean las cosas en las que un hombre tiene un interés vivo y objetivo, más se le grabarán en la memoria de esa forma espontánea; de ahí que esto ocurra sobre todo en la juventud, cuando la novedad de las cosas incrementa el interés en ellas. Esta segunda forma es más segura que la primera y además selecciona por sí misma lo que nos resulta más importante, si bien en los torpes se limita a los asuntos personales.


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