Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 301

Despreciamos la escritura ideográfica china. Pero, puesto que la tarea de toda escritura es despertar conceptos en la razón del otro por medio de signos visibles, está claro que es un gran rodeo presentar primero al ojo un simple signo del signo audible de esos conceptos, y hacer ante todo de este último soporte del concepto mismo: con lo que nuestro carácter escrito no es más que un signo del signo. Por consiguiente, se plantea la cuestión de qué ventaja tiene el signo audible frente al visible para hacernos capaces de abandonar el camino directo desde el ojo a la razón y seguir un rodeo tan grande como es el de hacer que el signo visible solamente hable al espíritu ajeno por mediación del audible; cuando sería claramente más fácil, al modo de los chinos, convertir inmediatamente el signo visible en el soporte del concepto y no en simple signo de la voz; tanto más, cuanto que el sentido de la vista es sensible a modificaciones más numerosas y sutiles que el del oído, y también admite una yuxtaposición de impresiones de la que no son susceptibles las afecciones auditivas, al darse exclusivamente en el tiempo. — Las razones que aquí buscamos bien podrían ser estas: 1) Por naturaleza usamos primero signos audibles para expresar ante todo nuestros afectos, pero luego también nuestros pensamientos: con ello llegamos a un lenguaje del oído antes de haber pensado siquiera en inventar uno para la vista. Pero después es más corto reducir este último a aquel otro cuando se haga preciso, que volver a inventar otro lenguaje nuevo y de clase totalmente distinta para el ojo, o bien aprenderlo; sobre todo cuando se descubre que el sinnúmero de las palabras se puede reducir a muy pocas voces y, por lo tanto, se puede expresar con facilidad por medio de ellas. 2) La vista puede abarcar una mayor pluralidad de modificaciones que el oído: pero no somos capaces de producirlas para el ojo sin herramienta alguna, como lo hacemos para el oído. Tampoco podríamos producir y cambiar los signos visibles con la misma rapidez con que articulamos los audibles gracias a la volubilidad de la lengua; así lo demuestra la imperfección del lenguaje de los dedos de los sordomudos. Eso hace que en origen el oído sea el esencial sentido del lenguaje y, con él, de la razón. Por consiguiente, son en el fondo razones meramente extrínsecas y casuales, no surgidas de la esencia de la tarea en sí misma, las que hacen que aquí, de forma excepcional, el camino directo no sea el mejor. En consecuencia, considerando la cuestión en abstracto, de forma puramente teórica y a priori, el proceder de los chinos sería el correcto; de modo que solo se les podría reprochar una cierta pedantería en la medida en que han prescindido de las circunstancias empíricas que aconsejaban otro camino. No obstante, la experiencia también ha hecho patente una enorme ventaja de la escritura china. En efecto, no hace falta saber chino para expresarse en él, sino que cada cual lo lee en su propio lenguaje al igual que nuestros signos numéricos, que en general son a los conceptos numéricos lo que los caracteres chinos a todos los conceptos; y lo mismo son los signos algebraicos incluso a los conceptos abstractos de magnitudes. De ahí que, como me ha asegurado un inglés dedicado al comercio de té que estuvo cinco veces en China, en todos los mares hindúes la escritura china es el medio común que tienen para entenderse todos los comerciantes de las distintas naciones, que no tienen una lengua común. El hombre tenía incluso la firme convicción de que alguna vez se extendería por todo el mundo debido a esa cualidad. Un informe plenamente coincidente con este es el que ofrece J. F. Davis en su obra The Chinese, London, 1836, cap. 15.


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