Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 38

La cualidad de nuestros pensamientos (su valor formal) procede de dentro; pero su orientación, y con ello su materia, de fuera; de modo que lo que pensamos en cada momento dado es producto de dos factores radicalmente distintos. Por consiguiente, los objetos son al espíritu solamente lo que el plectro a la lira: de ahí la gran diversidad de pensamientos que suscita la misma escena en distintas mentes. Cuando, estando yo en los años florecientes de mi espíritu y en el punto de culminación de sus fuerzas, circunstancias favorables daban lugar a la hora en que el cerebro se ponía en máxima tensión, daba igual a qué objeto quisiera apuntar mi mirada: este me hacía revelaciones y se desarrollaba una serie de pensamientos merecedores de ser escritos, y así lo eran. Pero en el transcurso de la vida, sobre todo en los años en que han ido menguando las fuerzas, aquellas horas se han hecho cada vez más infrecuentes: pues el plectro son los objetos, pero la lira es el espíritu. El que esta tenga o no una afinación correcta y alta fundamenta la gran diferencia del mundo que se presenta en cada mente. Y así como eso depende de condiciones fisiológicas y anatómicas, el plectro se halla, por su parte, en manos del destino, ya que él origina los objetos que nos han de ocupar. Mas aquí hay aún una gran parte de la cuestión que se halla en nuestro arbitrio, por cuanto nosotros podemos, al menos parcialmente, determinarlo a voluntad por medio de los objetos de los que nos ocupamos o rodeamos. Por eso deberíamos poner un gran cuidado en eso y proceder con intencionalidad metódica. La instrucción para ello nos la ofrece el excelente libri to de Locke, On the conduct of understanding (Sobre la conducción del entendimiento). Sin embargo, no en todo momento se pueden evocar voluntariamente ideas serias y buenas sobre objetos dignos: todo lo que podemos hacer es dejarles el camino libre ahuyentando todas las meditaciones fútiles, necias o vulgares, e impidiendo todas las patrañas y bromas. Por eso se puede decir que el medio más próximo para pensar algo inteligente es no pensar nada insulso. Dejemos el campo libre a las buenas ideas y vendrán. De ahí que cada vez que tengamos un momento desocupado tampoco debamos agarrar enseguida un libro sino dejar alguna vez la mente en reposo: entonces será fácil que se eleve en ella algo bueno. Es muy acertada la observación que hace Riemer en su libro sobre Goethe: que los 58 pensamientos propios vienen casi exclusivamente cuando se anda o se está de pie, muy raramente cuando se está sentado. Así pues, dado que en general la aparición de pensamientos vivos, penetrantes y valiosos resulta más de favorables condiciones internas que externas, se explica que la mayoría de las veces se presenten en rápida sucesión, a menudo casi al mismo tiempo, varios pensamientos de tal clase referentes a objetos completamente distintos; en ese caso se cruzan y estorban mutuamente, como los cristales de una drusa, y hasta nos puede pasar como a quien persigue dos liebres.


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