Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 39

Se puede apreciar lo limitado y pobre que es el normal intelecto humano y lo exigua que es la claridad de la conciencia en el hecho de que, pese a la efímera brevedad de la vida humana lanzada en el tiempo infinito, a la precariedad de nuestra existencia, a los innumerables enigmas que se imponen por todas partes, al carácter significativo de tantos fenómenos y a lo insatisfactorio de la vida: pese a ello, digo, no todos filosofamos continuamente y sin cesar, de hecho ni siquiera muchos o algunos o unos pocos; no, solamente uno aquí o allá, solo las completas excepciones. — Los demás van viviendo en ese sueño de una manera no muy diferente a los animales, de los que al final solamente se distinguen por la previsión de algunos años. La necesidad metafísica que acaso se pueda presentar en ellos es atendida desde arriba y de antemano por las religiones; y estas bastan, sean como sean. Sin embargo, podría ser que se filosofara en silencio mucho más de lo que parece, aun cuando el resultado sea igual. ¡Pues, verdaderamente, la nuestra es una penosa situación! Un lapso de tiempo para vivir, lleno de fatiga, necesidad, miedo y dolor, sin saber lo más mínimo de dónde, a dónde y para qué; y junto a eso, los curas de todos los colores, con sus respectivas revelaciones sobre el tema acompañadas de amenazas a los incrédulos. Y por añadidura, esto: nos vemos y nos tratamos unos a otros como máscaras con máscaras, no sabemos quiénes somos; pero como máscaras que ni siquiera se conocen a sí mismas. Justamente así nos ven los animales; y nosotros a ellos.


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