Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 304

Todo ser animal, y sobre todo el hombre, necesita una cierta adecuación y proporción entre su voluntad y su intelecto para poder subsistir y abrirse paso en el mundo. Cuanto mayores sean la exactitud y el acierto que la naturaleza haya tenido en eso, con más facilidad, seguridad y agrado irá él por el mundo. Sin embargo, ya una simple aproximación al punto realmente correcto es suficiente para protegerlo de la destrucción. En consecuencia, hay una cierta amplitud dentro de los límites de la corrección y conveniencia de la relación señalada. La norma que aquí rige es la siguiente: puesto que la misión del intelecto es ser la luz y guía de los pasos de la voluntad, cuanto más violenta, impetuosa y apasionada sea el ansia interior de esta, más perfecto y luminoso tendrá que ser el intelecto que la acompañe; ello, a fin de que la vehemencia del querer y la aspiración, el ardor de las pasiones y el ímpetu de los afectos no extravíen al hombre o le arrastren a acciones irreflexivas, falsas o perniciosas; todo lo cual ocurrirá inevitablemente si la voluntad es muy violenta y el intelecto, muy débil. En cambio, un carácter flemático, es decir, una voluntad débil y lánguida, puede arreglárselas y subsistir con un exiguo intelecto: una voluntad moderada requiere un intelecto mediano. En general, toda desproporción entre una voluntad y su intelecto, es decir, toda desviación de la proporción que se sigue de la norma anterior, tiende a hacer desgraciado al hombre: por lo tanto, también si la desproporción es de signo inverso. En efecto, el desarrollo anormalmente intenso y poderoso del intelecto, y su consiguiente predominio desproporcionado sobre la voluntad, como el que constituye la esencia del verdadero genio, no solo resultan totalmente superfluos para las necesidades y fines de la vida, sino directamente contrarios a ellos. En efecto, en la juventud la excesiva energía de la captación del mundo objetivo, al ir acompañada de una viva fantasía y carecer de toda experiencia, hará la mente sensible a conceptos exagerados y hasta quimeras, y la llenará fácilmente de ellos; de ahí surgirá entonces un carácter excéntrico e incluso fantasioso. Aunque más tarde, una vez surgida la enseñanza de la experiencia, eso pase y desaparezca, el genio nunca se sentirá tan a gusto en el mundo externo corriente y en la vida civil como la mente normal, ni tampoco encajará tan adecuadamente en ellos ni se moverá con la misma comodidad, sino que a menudo cometerá extraños desatinos. Pues la mente corriente se siente tan plenamente a gusto en el estrecho ámbito de sus conceptos y su comprensión que no hay por dónde cogerla, y su conocimiento permanece siempre fiel a su fin original: cuidar del servicio de la voluntad; así que se dedica constantemente a este, sin caer nunca en la extravagancia. En cambio, el genio, según indiqué en mi explicación del mismo [637], es en el fondo un monstrum per excessum; mientras que, a la inversa, el hombre apasionado y vehemente pero sin entendimiento, el furioso sin cerebro, es un monstrum per defectum[638].


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