Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II El hecho de que los grandes golpes de suerte provoquen con facilidad la muerte se debe a que nuestra felicidad y desdicha no son más que una cifra proporcional entre nuestras pretensiones y lo que nos cae en suerte, y, por consiguiente, los bienes que poseemos o de los que estamos seguros de antemano no los sentimos como tales; porque en realidad todo placer es meramente negativo, no actúa más que suprimiendo el dolor; mientras que, por el contrario, el dolor o el mal es lo verdaderamente positivo y lo que se siente inmediatamente. Con la posesión, o con la perspectiva segura de alcanzarla, crecen enseguida las pretensiones y aumenta nuestra capacidad de una ulterior posesión y una perspectiva más amplia. En cambio, si la desgracia continuada ha comprimido el ánimo y rebajado la exigencia a un minimum, entonces los repentinos golpes de fortuna no encuentran una capacidad para asumirlos. En efecto, al no ser neutralizados por ninguna exigencia previa, actúan de forma aparentemente positiva y con todo su poder: de ese modo pueden hacer estallar el ánimo, es decir, volverse letales. De ahà la conocida precaución de hacer que uno espere primero el golpe de suerte que se le va a anunciar, que lo tenga en perspectiva, y luego dárselo a conocer solo en parte y poco a poco: pues asà cada parte de él, al ser anticipada por una pretensión, pierde la fuerza de su eficacia y deja lugar para más. Conforme a todo eso se podrÃa decir: nuestro estómago carece de fondo para los golpes de fortuna; pero tiene una estrecha boca. — Lo dicho no es aplicable directamente a las desgracias repentinas; por eso, y porque aquà la esperanza sigue presentando una fuerte oposición, es mucho más raro que provoquen la muerte. El hecho de que el miedo no preste un servicio análogo en los casos de fortuna se debe a que nosotros estamos instintivamente más inclinados a la esperanza que a la inquietud, al igual que nuestros ojos se vuelven por sà mismos a la luz y no a la oscuridad.
