Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II En eso nuestra memoria se asemeja a un colador que con el tiempo y el uso se va haciendo menos tupido; porque cuanto mayores nos hacemos, con más rapidez desaparece de la memoria lo que aún ahora le confiamos: en cambio, en ella queda lo que se fijó en los primeros tiempos. Por eso los recuerdos de un anciano son más claros cuanto más atrás quedan y se vuelven más confusos cuanto más se aproximan al presente; de modo que, como sus ojos, también su memoria se ha vuelto présbita (πρεσβΰς[663]).
Hay momentos en la vida en los que sin un especial motivo externo, más bien por un incremento de la receptividad procedente del interior y explicable solo fisiológicamente, la captación sensible del entorno y del presente adopta un grado de claridad elevado e infrecuente; con lo cual tales momentos quedan después grabados de forma indeleble en la memoria y se conservan en toda su individualidad, sin que sepamos por qué precisamente esos entre tantos miles semejantes a ellos; antes bien, se han mantenido de forma tan accidental como los ejemplares aislados de especies animales desaparecidas conservados en estratos de piedra, o como los insectos aplastados por accidente al cerrar un libro. Sin embargo, los recuerdos de esa especie son siempre dulces y agradables.
