Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Ya la vista de la figura femenina enseña que la mujer no está destinada a grandes trabajos intelectuales ni corporales. Ella paga la culpa de la vida, no con la acción, sino con el sufrimiento: con los dolores de parto, el cuidado del hijo y el sometimiento al hombre, del que debe ser compañera paciente y serena. A ella no le son dados los sufrimientos, alegrÃas y manifestaciones de fuerza más violentos, sino que su vida debe transcurrir más silenciosa, insignificante y apacible que la del hombre, sin ser esencialmente más feliz o infeliz.
Las mujeres son aptas como cuidadoras y educadoras de nuestra primera niñez precisamente porque ellas mismas son infantiles, necias y poco perspicaces; en suma, son niñas grandes durante toda su vida: una especie de grado intermedio entre el niño y el varón, que es el verdadero hombre. Examinemos simplemente a una muchacha jugueteando, bailando y cantando durante todo un dÃa, y pensemos lo que un varón podrÃa hacer en su lugar con su mejor voluntad.
