Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Cuanto más noble y perfecta es una cosa, más tarde y lentamente llega a la madurez. El hombre alcanza la madurez de su razón y sus fuerzas intelectuales apenas antes de los veintiocho años; la mujer, a los dieciocho. Pero su razón se halla en consonancia con ello: está medida con escasez. Por eso las mujeres siguen siendo niñas toda su vida, no ven nunca más que lo inmediato, están pegadas al presente, toman la apariencia de las cosas por las cosas mismas y anteponen las minucias a los asuntos más importantes. En efecto, la razón es aquello en virtud de lo cual el hombre no vive solamente en el presente, como el animal, sino que abarca y tiene en cuenta el pasado y el futuro; de ahí nace en él la previsión, la inquietud y la frecuente congoja. La mujer, debido a la mayor debilidad de su razón, participa menos de las ventajas e inconvenientes que ello supone: es más bien una miope intelectual, ya que su entendimiento intuitivo ve nítidamente de cerca y, en cambio, tiene un estrecho campo de visión en el que no cae lo lejano; de ahí que todo lo ausente, pasado y futuro tenga un efecto sobre las mujeres mucho más débil que sobre nosotros, los varones; y de ahí nace también la tendencia al derroche, que es mucho más frecuente en ellas y a veces raya en la locura: Δαπανηρά φύσει γυνή[670]. Las mujeres piensan en su interior que la misión de los hombres es ganar dinero, y la suya, en cambio, malgastarlo; si es posible, ya en vida del hombre, pero cuando menos, después de su muerte. Ya el hecho de que el hombre les entregue el dinero ganado para el gobierno de la casa las refuerza en su creencia. — Pero pese a los muchos inconvenientes que todo eso lleva consigo, tiene la ventaja de que la mujer es más absorbida por el presente que nosotros, por lo que, con tal de que este sea simplemente soportable, lo disfruta más; de ahí nace la alegría que le es peculiar y que la hace apta para aliviar y, en caso necesario, consolar al varón cargado de inquietudes.
