Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Los hombres jóvenes, fuertes y bellos están destinados por naturaleza a cuidar de la propagación del género humano, a fin de que no degenere la especie. Esa es la firme voluntad de la naturaleza, y su expresión la constituyen las pasiones de las mujeres. Aquella ley prevalece en antigüedad y fuerza sobre todas las demás. ¡Ay de aquel, pues, cuyos derechos e intereses la contrarÃen! A la primera ocasión relevante estos serán aplastados sin compasión, diga lo que diga y haga lo que haga. Pues la moral secreta, implÃcita, incluso inconsciente, pero innata de las mujeres es: «Tenemos derecho a engañar a quienes, por el hecho de cuidar con parquedad de nosotras, el individuo, pretenden haber alcanzado un derecho sobre la especie. La Ãndole, y por consiguiente el bien de la especie, han sido puestos en nuestras manos y confiados a nuestro cuidado a través de la próxima generación que ha de nacer de nosotras: nosotras queremos dirigir el asunto a conciencia». Pero las mujeres no son en modo alguno conscientes de ese principio supremo in abstracto sino solamente in concreto, y no tienen para él otra expresión que su forma de actuar cuando se presenta la ocasión; entonces su conciencia las deja la mayorÃa de las veces mucho más tranquilas de lo que suponemos, por cuanto en el más oscuro fondo de su corazón son conscientes de que al violar su deber con el individuo han cumplido tanto mejor el que tienen con la especie, cuyo derecho es infinitamente mayor. — La explicación más pormenorizada de esta relación la ofrece el capÃtulo cuadragesimocuarto del segundo volumen de mi obra principal.
