Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 369

Solo el intelecto masculino ofuscado por el impulso sexual podía llamar bello a un sexo de baja estatura, hombros estrechos, anchas caderas y piernas cortas: en aquel impulso se encuentra toda su belleza. Con más razón podríamos llamar al sexo femenino el inestético. No tienen verdadero sentido ni sensibilidad para la música, la poesía o las artes plásticas, sino que cuando afectan y simulan tenerlas se trata de una simple imitación con la intención de agradar. Esto quiere decir que no son capaces de tener un interés puramente objetivo por nada; y la razón de ello es, pienso yo, la siguiente. El hombre aspira siempre a un dominio directo de las cosas, bien comprendiéndolas o bien sometiéndolas. Pero la mujer está siempre orientada a un dominio meramente indirecto, el mediado por el hombre, que es el único al que ella ha de dominar directamente. Por eso es natural a la mujer considerarlo todo como medio para conquistar al hombre, y su interés en cualquier otra cosa es siempre meramente simulado y un simple rodeo, es decir, desemboca en la coquetería y la afectación. De ahí que ya Rousseau dijera: les femmes, en général, n’aiment aucun art, ne se connaissent à aucun, et n’ont aucun génie[672] (Lettre à d’Alembert, note XX). Cualquiera que vaya más allá de las apariencias lo habrá notado también. Basta con observar a dónde se dirige y de qué clase es su atención en los conciertos, la ópera y el teatro, y ver, por ejemplo, la pueril despreocupación con la que prosiguen con sus palabrerías en medio de los más bellos pasajes de las mayores obras maestras. Si realmente los griegos no admitían a las mujeres en el teatro, tenían razón para ello; al menos en sus teatros se habrá podido oír algo. Para nuestra época sería conveniente añadir al taceat mulier in ecclesia un taceat mulier in theatro[673] o sustituirlo por este, y ponerlo con grandes letras a la entrada de los teatros. — Tampoco se puede esperar de las mujeres ninguna otra cosa, teniendo en cuenta que las cabezas más eminentes de todo el género femenino nunca han sido capaces de ofrecer una producción realmente grande, auténtica y original en las bellas artes, ni en general de traer al mundo una sola obra de valor permanente: eso se hace patente sobre todo en relación con la pintura, ya que su técnica es por lo menos tan adecuada a ellas como a nosotros, por lo que la han cultivado con diligencia sin que, no obstante, hayan presentado ni una sola pintura de gran valor; porque carecen de toda objetividad de espíritu, que es justo lo que la pintura exige de forma más inmediata: siempre se hallan inmersas en lo subjetivo. Con eso concuerda el hecho de que las mujeres corrientes no tengan ni siquiera una verdadera sensibilidad para el tema: pues natura non facit saltus[674]. También Hitarte, en su libro Examen de ingenios para las sciendas (Amberes, 1603), famoso desde hace trescientos años, niega a las mujeres cualquier aptitud superior: ya en el Prólogo (p. 6) dice: «La compostura natural, que la muger tiene en el celebro, no es capaz de mucho ingenio ni de mucha sabiduría»; luego, en el capítulo 15 (p. 382): «Quedando la muger en su disposición natural, todo genero de letras y sabiduría, es repugnante a su ingenio»; — p. 397, 98: «Las hembras (por razón de la frialdad y humedad de su sexo) no pueden alcançar ingenio profundo: solo veemos que hablan con alguna aparencia de habilidad, en materias livianas y faciles» etc[675].. Las excepciones aisladas y parciales no cambian el asunto; antes bien, las mujeres, tomadas en conjunto, son y siguen siendo los más radicales e incurables filisteos: por eso, dentro de la absurda institución que las hace partícipes del rango y título del hombre, son el continuo acicate de la innoble ambición de este; y, además, en virtud de la misma cualidad, su preponderancia y su influencia son la ruina de la sociedad moderna. En consideración a lo primero deberíamos adoptar como norma la sentencia de Napoleón I: les femmes n’ont pas de rang[676]; y con respecto a lo demás, dice Ch am fort con gran acierto: elles sont faites pour commercer avec nos faiblesses, avec notre folie, mais non avec notre raison. Il existe entre elles et les hommes des sympathies d’épiderme, et très peu de sympathies d’esprit, d’âvne et de caractère[677]. Son el sexus sequior[678], el segundo sexo, inferior en 658 todos los respectos, con cuya debilidad debemos en consecuencia ser indulgentes; pero profesarle una excesiva veneración resulta ridículo y nos degrada ante sus propios ojos. Cuando la naturaleza dividió el género humano en dos mitades, no hizo el corte exactamente por la mitad. En cualquier polaridad la diferencia entre el polo negativo y el positivo no es meramente cualitativa sino al mismo tiempo cuantitativa. — Y así han considerado también a las mujeres los antiguos y los pueblos orientales, los cuales han reconocido el puesto que les conviene con mucho más acierto que nosotros, con nuestra galantería al antiguo estilo francés y nuestra insulsa veneración a las mujeres, esa florescencia suprema de la estupidez cristiano-germánica que solo ha servido para hacerlas tan arrogantes y desconsideradas que en ocasiones uno se acordará de los monos sagrados de Benarés, los cuales, conscientes de su carácter sagrado e invulnerable, se consideran autorizados a todo.


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