Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II En nuestro continente monógamo casarse significa reducir a la mitad los propios derechos y duplicar las obligaciones. Sin embargo, cuando las leyes otorgaron a las mujeres los mismos derechos de los hombres deberÃan haberles concedido también una razón masculina. En cambio, cuanto más excedida queda la posición natural de la mujer por los derechos y honores que las leyes le reconocen, menor es el número de mujeres que realmente participan de esos privilegios; y asà a todas las demás se les quita de sus derechos naturales la misma parte que se les ha dado de más a aquellas. Pues con la posición antinaturalmente ventajosa que otorgan a la mujer la institución monógama y las leyes matrimoniales que la acompañan —ya que consideran a la mujer el pleno equivalente del hombre, cosa que en ningún respecto es—, los hombres prudentes y precavidos tienen con frecuencia reparos en hacer un sacrificio tan grande y un pacto tan desigual[681]. Por eso, mientras que en los pueblos polÃgamos toda mujer encuentra sustento, en los monógamos la cifra de las mujeres casadas es limitada y queda un sinnúmero de mujeres desvalidas que en las clases superiores vegetan como inútiles solteronas, pero en las inferiores se ven obligadas a trabajos duros e impropios, o bien se convierten en prostitutas que llevan una vida tan privada de alegrÃa como de honor, pero que en tales circunstancias se hacen necesarias para la satisfacción del sexo masculino; de ahà que aparezcan como una clase públicamente reconocida, con la finalidad especial de preservar de la tentación a aquellas mujeres favorecidas por el destino que han encontrado marido o pueden esperar encontrarlo. Solamente en Londres hay ochenta mil. ¿Qué son esas sino mujeres que en la institución monógama han salido perdiendo de la forma más espantosa, auténticos sacrificios humanos en el altar de la monogamia? Todas las mujeres aquà mencionadas, que se encuentran en tan mala situación, son la inevitable cuenta deudora de la dama europea con sus pretensiones y arrogancia. Por consiguiente, la poligamia es un beneficio real para el sexo femenino considerado en conjunto. Por otro lado, desde un punto de vista racional no se alcanza a ver por qué un hombre cuya mujer sufre una enfermedad crónica, o es estéril, o se ha ido haciendo demasiado vieja para él, no puede tomar una segunda mujer. Parece que lo que gana tantos conversos entre los mormones es precisamente la supresión de la monogamia antinatural[682]. Además, el otorgar a la mujer derechos no naturales le ha impuesto obligaciones que tampoco lo son y cuya violación, sin embargo, la hace desgraciada. En efecto, a más de un hombre las consideraciones de clase o de fortuna le hacen desaconsejable el matrimonio, a no ser que vaya ligado a unas condiciones magnÃficas. Entonces deseará conseguir una mujer a su elección, bajo otras condiciones que aseguren la suerte de ella y la de sus hijos. Por muy equitativas, razonables y adecuadas que sean tales condiciones, y aun cuando ella ceda al no aferrarse a los derechos desproporcionados que solo el matrimonio le garantiza, al ser el matrimonio la base de la sociedad civil, quedará deshonrada en un cierto grado y tendrá que llevar una triste vida; porque es inherente a la naturaleza humana dar a la opinión ajena un valor totalmente desproporcionado. En cambio, si no transige, corre el peligro de casarse con un hombre que le repugne o bien de marchitarse como una solterona: pues el plazo que tiene para colocarse es muy corto. En relación con ese aspecto de nuestra institución monógama vale la pena leer el docto tratado De concubinato, de Thomasins; pues de él se desprende que, en todos los pueblos civilizados y en todas las épocas hasta la reforma luterana, el concubinato ha sido una institución permitida y en cierto grado incluso legalmente reconocida y no acompañada de ninguna deshonra; una institución que fue derribada de su posición por la reforma luterana, la cual reconoció en ello un medio más para justificar el matrimonio eclesiástico; y la Iglesia católica tampoco podÃa quedarse atrás en este punto.
