Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Kant ha escrito un tratado sobre las fuerzas vivas: a mÃ, sin embargo, me gustarÃa escribir una nenia y trenodia[696] sobre ellas; porque su uso frecuente en los golpes, los martillazos y los porrazos me ha causado durante toda mi vida un tormento diario. Por supuesto, hay gente, y mucha, que se rÃe de eso, ya que es insensible al ruido: pero son precisamente los mismos que resultan también insensibles a las razones, los pensamientos, las composiciones poéticas y las obras de arte; en suma, a todas las impresiones espirituales de cualquier clase: pues eso radica en la naturaleza correosa y la sólida textura de su masa cerebral. En cambio, en las biografÃas u otros informes sobre declaraciones personales de casi todos los grandes escritores, como Kant, Goethe, Lichtenberg y Jean Paul, encuentro quejas sobre el suplicio que causa el ruido a los hombres pensantes; de hecho, si en alguno faltan es simplemente porque el contexto no ha dado motivo a ello. Yo interpreto la cuestión de este modo: asà como un gran diamante cortado en trozos tiene el mismo valor que otros tantos diamantes pequeños; o asà como un ejército que se ha dispersado, es decir, que se ha desmembrado en pequeñas tropas, no es ya capaz de hacer nada, tampoco un gran espÃritu es ya capaz de hacer más que uno corriente en cuanto se le interrumpe, importuna, distrae o disipa; porque su superioridad tiene por condición que concentre todas sus fuerzas en un punto y objeto, como hace un espejo cóncavo con sus rayos; y eso se lo impiden las interrupciones ruidosas. De ahà que los espÃritus eminentes hayan sido siempre tan desafectos a cualquier molestia, interrupción y distracción, sobre todo a las que se producen violentamente por el ruido; mientras que a los demás tales cosas no les contrarÃan especialmente. La más inteligente e ingeniosa de todas las naciones europeas posee incluso la regla never interrupt —«no interrumpas nunca»—, denominada el undécimo mandamiento. Pero el ruido es la más impertinente de todas las interrupciones, ya que interrumpe, y hasta quebranta, aun nuestros propios pensamientos. No obstante, cuando no hay nada que interrumpir está claro que nada se sentirá especialmente. — En ocasiones un ruido moderado y continuo me atormenta y perturba un rato antes de ser consciente de él, ya que lo siento como un simple estorbo de mi pensamiento, igual que un peso atado en mi pie, antes de que me percate de lo que es. —
