Parerga y paralipomena II
Parerga y paralipomena II Un oasis hermoso, verde y floreciente miró a su alrededor y no vio más que desierto por doquier: en vano intentaba divisar otros semejantes. Entonces rompió en lamentos: «¡Ay de mÃ, desdichado y solitario oasis! ¡Tengo que permanecer solo! ¡En ninguna parte encuentro un semejante! ¡En ninguna parte hay siquiera un ojo que me vea y se alegre de mi hierba, mis fuentes, mis palmeras y mis arbustos! Nada me rodea más que el triste, arenoso, rocoso e inerte desierto. ¿De qué me sirven todas mis ventajas, mi belleza y mi abundancia en este aislamiento?».
Entonces habló el viejo y gris padre desierto: «Hijo mÃo, si las cosas fueran de otro modo, si yo no fuera el triste y árido desierto sino una tierra floreciente, verde y viva, entonces tú no serÃas un oasis, un lugar privilegiado del que habla elogiosamente el caminante aún desde la lejanÃa; sino que serÃas una pequeña parte de mà y, en cuanto tal, diminuta y desapercibida. Asà que soporta con paciencia lo que es condición de tu carácter destacado y tu fama».
El que asciende en un globo no ve que él se eleve sino que la Tierra va cayendo cada vez más hondo. — ¿Qué puede ser esto? Un misterio que solamente entienden los que tienen el mismo parecer.
