Parerga y paralipomena II

Parerga y paralipomena II

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§ 49

No puede existir ningún instrumento musical que al tono puro, consistente únicamente en las vibraciones del aire, no le agregue un añadido extraño resultante de las vibraciones de su propia materia, las cuales producen con su impulso las del aire y causan un ruido accidental; con ello cada tono recibe el elemento específicamente propio de cada materia, es decir, lo que, por ejemplo, distingue el tono del violín del de la flauta. Pero cuanto menor es ese añadido accidental, más puro es el tono: de ahí que la voz humana tenga el tono más puro, ya que ningún instrumento artificial iguala al natural. Del mismo modo, no puede existir un intelecto que no añada a lo esencial y puramente objetivo del conocimiento un elemento subjetivo ajeno a este y surgido de la personalidad que soporta y condiciona el intelecto; es decir, algo individual que siempre contamina el conocimiento. El intelecto en el que menor sea ese influjo será el más puramente objetivo y por lo tanto el más perfecto. El que como consecuencia sus producciones contengan y reproduzcan casi exclusivamente lo que todos los intelectos captan uniformemente en las cosas, es decir, lo puramente objetivo, es la razón de que agraden a cualquiera en cuanto las entiende. Por eso he dicho que la genialidad consiste en la objetividad del espíritu. Sin embargo, un intelecto absolutamente objetivo, por lo tanto plenamente puro, es tan imposible como un tono absolutamente puro: este, porque el aire no puede vibrar por sí solo sino que ha de ser impulsado de alguna manera; aquel, porque ningún intelecto puede existir por sí mismo sino que solamente puede surgir como instrumento de una voluntad; o (hablando en términos reales) un cerebro no es posible más que como parte de un organismo. Una voluntad irracional y hasta ciega que se presenta como organismo es la base y raíz de todo intelecto; de ahí sus deficiencias y los rasgos de necedad y absurdo de los que ningún hombre está libre. Así que también aquí rige el «No hay loto sin tallo»; y Goethe afirma:


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