Vidas imaginarias

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GABRIEL SPENSER

Actor

u madre fue una muchacha, llamada Flum, que tenía un saloncito de planta baja al fondo de Rottenrow, en Pickedhatch. Un capitán, con los dedos cargados de alhajas de cobre y dos galanes que vestían jubones amplios, iban a verla después de cenar. Albergaba a tres muchachitas cuyos nombres eran Poli, Dolí y Molí, qué no podían soportar el olor del tabaco. Por eso subían con frecuencia a meterse en cama, y amables gentilhombres las acompañaban, después de haber bebido un vaso de vino de España tibio, para disipar el vaho de las pipas. El pequeño Gabriel se quedaba acurrucado bajo la campana de la chimenea mirando asarse las manzanas que se echaban en los jarros de cerveza. También iban actores de muy diversa apariencia. No se atrevían a aparecer por las grandes tabernas a las que iban las compañías en cartel. Algunos hablaban con el estilo de la fanfarronada, otros farfullaban como idiotas. Acariciaban a Gabriel, quien aprendió de ellos versos quebrados de tragedia y bromas rústicas de escena. Se le dio un pedazo de paño carmesí, con bordes de oro descoloridos, una máscara de terciopelo y un viejo puñal de madera. Así se pavoneaba, solo, delante del hogar, blandiendo un tizón como si fuera una antorcha; y su madre Flum balanceaba su triple papada por la admiración que sentía por su hijo precoz.


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