Vidas imaginarias
Vidas imaginarias Cuando Cyril Tourneur hubo saciado su odio por los reyes, hizo presa de él el odio a los dioses. El aguijón divino que habÃa en él lo incitó a crear. Soñó con que podrÃa fundar una generación de su misma sangre y propagarse como dios en la tierra. Miró a su hija y la encontró virgen y deseable. Para consumar su designio a la vista del cielo, no encontró ningún lugar más significativo que un cementerio. Juró que desafiarÃa a la muerte y crearÃa una nueva humanidad en medio de la destrucción fijada por las órdenes divinas. Rodeado por viejos huesos, quiso engendrar jóvenes huesos. Cyril Tourneur poseyó a su hija en la losa de un osario. El final de su vida se pierde en un resplandor obscuro. No se sabe qué mano nos trasmitió la Tragedia del ateo y la Tragedia del vengador. Una tradición pretende que el orgullo de Cyril Tourneur se elevó más aún. Hizo levantar un trono en su jardÃn negro, y tenÃa la costumbre de sentarse allÃ, coronado de oro, bajo el rayo. Algunos lo vieron y huyeron, aterrorizados por los penachos azulados que bailoteaban sobre su cabeza. LeÃa un manuscrito de los poemas de Empédocles, que nadie vio después. Expresó con frecuencia su admiración por la muerte de Empédocles. Y el año en que desapareció fue también pestilencial. El pueblo de Londres se habÃa retirado a las barcas amarradas en medio del Támesis. Un meteoro terrorÃfico evolucionó bajo la luna. Era un globo de fuego blanco, animado por una siniestra rotación. Se dirigió hacia la casa de Cyril Tourneur, que pareció pintada de reflejos metálicos. El hombre vestido de negro y coronado de oro esperaba en su trono la llegada del meteoro. Hubo, como antes de las batallas teatrales, un toque melancólico de trompetas. Cyril Tourneur fue envuelto por un resplandor hecho de sangre rosada volatilizada. Trompetas, enhiestas en la noche, tocaron, como en el teatro, una charanga fúnebre. Asà fue precipitado Cyril Tourneur hacia un dios desconocido en el taciturno torbellino del cielo.