Vidas imaginarias
Vidas imaginarias Después fue fosforescente. «¡Ahí están los tesoros!» gritó Adderley en la noche, con el dedo tendido hacia el oro humeante de las olas. Pero la aurora caliente se levantó sobre el océano tranquilo y claro y el Rose d’Alger recorría siempre la misma órbita. Y durante ocho días navegó así. Los ojos de los hombres estaban empañados a fuerza de escrutar la limpidez del mar. Phips no tenía más provisiones. Había que partir. La orden fue dada y el Rose d’Alger comenzó a virar. Entonces Adderley advirtió en un flanco del arrecife una hermosa alga blanca que se balanceaba y tuvo ganas de tenerla. Un indio se zambulló y la arrancó. La trajo colgando muy derecha. Era muy pesada y sus raíces enredadas parecían aferrar un guijarro. Adderley la sopesó y golpeó las raíces en el puente para desembarazarlas de su peso. Algo centelleante rodó bajo el sol. Phips lanzó un grito. Era un lingote de plata que valía por lo menos 300 libras. Adderley balanceaba estúpidamente el alga blanca. Todos los indios se zambulleron en seguida. En pocas horas el puente estuvo cubierto por sacos petrificados, con incrustaciones calcáreas y revestidos de conchillas. Los despanzurraron con escoplos y martillos; y por los agujeros escaparon lingotes de oro y de plata y piezas de a ocho: «¡Dios sea loado —exclamó Phips—; nuestra fortuna está hecha!». El tesoro valía trescientas mil libras esterlinas. Adderley repetía: «¡Y todo esto salió de la raíz de una pequeña alga blanca!». Y murió loco, en las Bermudas, algunos días después, balbuceando esas palabras.